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Relato original: «Por una vida en el cielo»

Hola a todos.

Ya estamos en diciembre, ¿os lo podéis creer?

En esta ocasión os traigo un relato original basado en el género «steampunk». Nos dirigimos a un pasado algo distópico en el maravilloso Londres del siglo XIX.

No sé qué relación tengo con esta ciudad. He ido ya tres veces y estoy segura de que volveré en cuanto tenga oportunidad porque me encanta perderme en sus calles y en sus museos.

Espero que os guste. No olvidéis dejarme un comentario para saber qué os parece.

Amelia apretó el paso para llegar a tiempo. Se miró el reloj de pulsera: las cuatro y veintitrés. Dejó escapar el aliento entre sus labios a modo de alivio; aún le quedaban siete minutos. El repiqueteo frenético de sus diminutos tacones creaba una melodía hipnótica, nada que ver con el truculento silbido de las chimeneas expulsando vapor sin descanso. No debería caminar sola por esa parte de la ciudad, pero el mensaje de su contacto era claro: o recogía la mercancía a la hora acordada o se la vendería a otro.

De pronto, su camino se vio obstaculizado por el paso de varios carruajes. Sin duda, la reticencia de unos pocos locos, decididos a no querer avanzar con el desarrollo industrial, era demencial. En pocos años, su amado Londres, ya caótico de por sí, había visto nacer centenares de fábricas, cuyo único propósito era sustentar a la nueva ciudad. New London fue el nombre escogido, y se encontraba a varios kilómetros de altura. Un paraíso al que solo unos cuantos tenían acceso, aquellos designados por la reina, incluida ella misma.

El aire, a ras de suelo, se había vuelto casi imposible de respirar debido a la cantidad de hollín en suspensión, y el sol era un mero recuerdo del pasado. El cochero azuzó a los caballos, de modo que Amelia, al fin, pudo cruzar. Aligeró el paso para llegar a su destino, a tan solo veinte segundos de la hora acordada. Jadeó por el esfuerzo realizado, alisándose la falda a conciencia antes de tocar el timbre.

―Santo y seña ―dijo una voz.

No pudo verle la cara, pero tampoco le importaba demasiado. Ya la conocía, y no era digna de mención.

―El carbón es la vida ―respondió ella.

El sonido de varios cerrojos liberándose provocaron que suspirara complacida: el profesor Forrester tendría a tiempo la pieza que necesitaban. Se regañó por no haber calculado de forma correcta, otra vez, cuánto tardaría en llegar. Hizo una nota mental para que no volviera a suceder.

El hombre cerró la puerta al entrar ella; después, tocó un resorte en la pared. Un panel se deslizó sin hacer ruido y Amelia bajó un par de tramos de escaleras. La tienda clandestina no tenía parangón con nada en la superficie. Apiladas, en columnas perfectas, se veían piezas para máquinas que no era capaz de reconocer. Había estado allí en otras muchas ocasiones, pero la mercancía cambiaba tan deprisa que era difícil no sorprenderse al verla.

―Puntual, como siempre ―dijo aquel mastodonte, sonriendo de forma extraña al otro lado del mostrador.

―Aquí tiene: quinientas libras.

El hombre volvió a sonreír. El precio era desorbitado, lo sabía, pero la ley de la oferta y la demanda se había convertido en su mejor aliada. Sacó una pequeña caja y la abrió a fin de que comprobara la pieza. Terminado el trueque, ella asintió a modo de despedida. Sin mirar atrás, subió las escaleras a toda prisa. Cuando pisó la calle, inspiró agradecida el aire viciado con olor a carbón. Estaba claro que el ambiente a más de cinco metros de profundidad era mucho peor.

A paso ligero, anduvo por las calles casi desiertas hasta la casa de su jefe. Con las manos temblorosas por la carrera, abrió la puerta. Se apoyó en ella para recuperar el aliento. Una vez recompuesta, fue hacia el despacho del profesor. No se sorprendió cuando ni siquiera se dio la vuelta para mirarla.

―¡Ah! Ms. Davies, ya era hora… ―comentó de forma distraída mientras apretaba una tuerca con precisión.

―Profesor Forrester… la tengo…

En ese momento, se giró despacio para mirarla. Amelia abrió el paquete y le mostró la pieza.

―Es usted una caja de sorpresas… ―afirmó John.

―¿Servirá? ¿Podrá imprimir los pases para New London? ―preguntó ella con el corazón a mil.

―Sabe que si nos descubren estaremos muertos, ¿verdad?

―¿Es que no lo estamos ya?

Forrester no tuvo más remedio que darle la razón con un gesto austero.

―Siempre podría volver con su familia en Essex…

―Profesor, a mí no me queda nadie. Estoy sola en el mundo. Prefiero morir en ese cielo que vivir en este infierno. Además, allí conseguiré comenzar de nuevo. Sé que podré encontrar el…

―¿Qué podrá encontrar, Ms. Davies? No se detenga… Prosiga… ―pidió él.

―El amor, por supuesto. Alguien que me cuide y me proteja.

―¿Acaso yo no la protejo?

―A su manera, claro, pero no es lo mismo. Quiero una familia, hijos… Esa tarjeta me proporcionará todo eso, y a usted el puesto que merece.

Forrester apretó las mandíbulas porque no se había dado cuenta, hasta ese instante, de que Amelia podía ansiar mucho más que servir de ama de llaves.

―Venga, pruebe a ver si funciona… ―le instó ella.

Él asintió una vez y regresó a la máquina que estaba fabricando. Un intrincado sistema de poleas, impulsado por un motor alimentado por carbón, hacía mover unas planchas que troquelaban unas finas láminas de metal labrado. El profesor colocó la última pieza: el sello de la corona que rubricaba la autenticidad del salvoconducto.

Tras unos pocos ajustes de última hora, John avivó el fuego y accionó la palanca para imprimir la primera prueba. Decidió emplear una tablilla de madera, algo más gruesa que la plancha de metal. No podía desperdiciar el material, puesto que solo fueron capaces de conseguir tres piezas debido a su alto costo.

Había empeñado buena parte de la herencia de sus padres para lograr los pases porque, una vez en aquella ciudad, no necesitarían dinero. La corona proporcionaba todo lo necesario para el sustento de sus elegidos, ya que sus fortunas se entregaban antes de subir.

El grabado del sello estaba desplazado poco más de medio milímetro. Tras un pequeño reajuste, probó con la siguiente tablilla: perfecta. La segunda copia consiguió ser un rotundo éxito. La miró eufórico y se decidió a imprimir el primer original.

Al retirar la copia de la placa, sus manos temblaron. Rio con fuerza porque lo habían conseguido: irían a New London. Irían… al cielo.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Relato original: «Destino: Marte»

Hola a todos.

Avanza el mes y aquí me tenéis de nuevo.

Esta vez el relato trata de plasmar una de las cinco líneas argumentales que podemos elegir para escribir cualquier historia. Para ser más concreta: la que os presento es aquella en la que nuestra protagonista va a triunfar resolviendo un problema por medio de la aplicación. O sea, que el conflicto se va a poder solucionar gracias a sus conocimientos.

Ya os comenté que estos relatos se salen de todo lo que conozco. Quedémonos con este dato interesante, que no es otro que crear algo nuevo de la nada y lograr una historia que entretenga.

No creo que os lo haya dicho antes, pero todos estos relatos tienen mil palabras, así que muchos de ellos se quedan con el final abierto.

Espero de verdad que os guste. Y, como siempre, me encantará leer vuestros comentarios sobre qué os ha parecido.

―¡Maldita sea, Steven! ―gritó Cate―. ¿De verdad no se te ocurrió avisarme antes de probar el maldito rover?

El ingeniero Steven Garner miró con altanería a la jefa de proyectos de la NASA, Cate Moore.

―Cate, hicimos los cálculos ayer… La simulación salió perfecta ―intentó excusarse.

―¿Perfecta? ¿A esto lo llamas perfecta? ―vociferó, viendo el resultado de la gesta del ingeniero jefe―. ¡Has sobrecargado el generador termoeléctrico y destrozado la sujeción del brazo!

―Pero ¡no entiendo por qué! ―respondió Garner, subiendo la voz.

Cate se dirigió a la sala donde se encontraba el astromóvil. Revisó el mecanismo para buscar cuál era el problema: un cortocircuito había suministrado más potencia a las ruedas traseras. Esto causó el avance sin control del vehículo, provocando el choque con la grúa elevadora, situada en el lateral de la nave. Como consecuencia del golpe, el ensamblaje del brazo quedó destrozado.

Dos días atrás, las pruebas iniciales habían mostrado un dato esclarecedor: o cambiaban el material empleado o la vida útil del sistema sería de menos de un año. La única opción era sustituir los segmentos afectados para aligerar peso. Por ahora, las pruebas se centrarían en revisar las veintitrés cámaras para comprobar si funcionaban. No tenía sentido forzar el codo de unión.

Aquella mañana recibieron el primer pedido del fabricante. Solo quedaban pendientes los rotores. Cate, de camino para la reunión con el presidente Biden, no dejaba de pensar en la disputa de la tarde anterior con Steven acerca de la capacidad del dispositivo. Su cabezonería por no querer aceptar los cálculos sobre la resistencia del brazo era inadmisible. La jornada acabó con Moore exigiéndole la paralización de las pruebas hasta cambiar el sistema de sujeción. Antes de nada, debían comprobar los dos rotores. Para ello, era necesario quitar todos los componentes del extremo e ir colocando pieza a pieza. No podían cometer ningún error. El presupuesto ya era demasiado ajustado como para hacer ninguna tontería.

Steven lo sabía: su obligación era esperar. Sin embargo, ansiaba llevarse el mérito. Empecinado en demostrar el error de Cate, incluso desoyendo a propósito las advertencias de los subordinados, ejecutó la secuencia de inicio del dispositivo una vez colocados los tubos del brazo. Decidió pasar por alto las dimensiones de las nuevas secciones. La carga útil transportable podía ser casi el doble gracias a la aleación utilizada, pero debía apoyarse en dos rotores de mayor tamaño. Estos aún no habían llegado; formaban parte del segundo pedido. La empresa encargada de fabricarlos prometió tenerlos acabados en dos días. No obstante, la prepotencia de Garner estaba fuera de control. Sin tener en cuenta las especificaciones de Moore, quiso probar su teoría. En su mente, los rotores iban a aguantar el peso: craso error.

Las modificaciones del brazo no tenían ninguna relación con la sobrecarga del generador, pero la prisa nunca es la mejor aliada cuando tienes entre manos un programa de más de ochocientos millones de dólares. Uno de los ingenieros empalmó, sin darse cuenta, una de las conexiones del cableado, produciendo el fallo del sistema. El impacto destrozó la unión entre los tubos, separando ambas partes.

―¿Has cambiado el brazo sin utilizar los nuevos rotores? ―rugió Cate.

―¡Se suponía que esos debían aguantar! ―dijo Steven, mirando los fragmentos esparcidos―. Si el rover no ha soportado un leve golpe aquí, ¿cómo va a aguantar en Marte si se cae por cualquier desnivel?

―¡Tu obligación es hacerme caso, Steven! Ayer te lo dejé claro: debías esperar los recambios para hacer las pruebas. Esto nos va a retrasar, como mínimo, un par de semanas. Aunque no vas a librarte de esta. Has puesto en el punto de mira nuestra capacidad…, nuestra profesionalidad. El prestigio del equipo…, ¡de la NASA!

―Yo pensaba… Estaba seguro de…

―¿De qué, doctor Garner? ¡Nuestro trabajo es mucho más importante que tu ego y necesidad de pisotearme! Quedas suspendido hasta hablar con el director. Si esto dependiera de mí, jamás volverías a trabajar en la NASA. Me has decepcionado.

―Cate, yo…

Steven no sabía qué decir. Su negligencia había retrasado y puesto en peligro el proyecto. Por culpa de la soberbia del ingeniero, las implicaciones económicas de las pérdidas producidas iban a acarrear grandes problemas. No podrían cumplir los plazos establecidos si no les concedían un aumento de presupuesto. Lo hizo por conseguir el puesto de la doctora Moore: algo que ya nunca lograría por su arrogancia.

Cate llamó al director de la NASA. Tras contarle lo sucedido, Bill Nelson convocó una reunión urgente con los dos. Esta se prolongó durante cerca de tres horas. Garner quiso defender su teoría, pero fue despedido de forma inmediata por haber comprometido la misión.

Al día siguiente, la reconstrucción del brazo robótico fue la única prioridad. Revisaron a conciencia cada componente: no se había estropeado nada más. Por suerte, los rotores llegaron antes de lo esperado. De este modo, pudieron terminar de ensamblar el extremo en una sola semana. Cate, trabajando sin descanso, examinó a conciencia el cableado del generador. Una vez determinaron que el módulo funcionaba de forma correcta, se centró en realizar las distintas pruebas en el exterior, donde recreaban las peores condiciones del planeta rojo para llevarlo al límite.

―Simulación A101. Vamos a ver qué puedes hacer, preciosa… ―dijo Cate, intentando pensar de forma optimista.

El astromóvil comenzó a moverse. Subió el primer montículo de tierra resbaladiza con precisión. Las seis orugas respondían sin ningún tipo de problema. El avance era fluido. Además, no se había producido ningún desplazamiento hacia atrás.

El siguiente obstáculo consistía en superar una enorme formación de piedras puntiagudas. Tras completar el recorrido, utilizaron el espectrómetro de rayos X para determinar los elementos químicos de la muestra recogida.

La unidad funcionaba a la perfección. Finalizaron las dieciocho pruebas destinadas para ese día. La conclusión fue la esperada: todo había salido dentro de los parámetros establecidos. Moore se sintió muy orgullosa del equipo. Los siguiente diez meses fueron decisivos porque forzaron al rover al máximo en distintos tipos de terrenos. Pero, sin duda, llegarían a Marte.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Novela «Oculto en mis recuerdos»

Buenos días, mis queridos lectores.

Hoy os traigo algo muy especial: os presento mi primera novela «Oculto en mis recuerdos». Ya está disponible en Amazon en formato papel, Kindle y Kindleunlimited.

Es una novela de fantasía romántica contemporánea en la que me he volcado, durante meses, para desarrollar una trama y unos personajes que te atraparán desde el primer capítulo.

La historia comienza en Brujas. Una ciudad que he tenido la suerte de visitar y que me robó el corazón. Nuestros protagonistas, Sun y Connor, son completamente opuestos en cuanto al amor se refiere. Y como siempre se dice: los polos opuestos se atraen sin remedio.

Os animo a leer la sinopsis y a que me dejéis vuestros comentarios sobre qué os parece. También os dejo el enlace a Amazon por si queréis echarle un vistazo:

SINOPSIS

¿Crees en vidas pasadas? ¿Permitirías que una regresión condicionase tus decisiones y con ello tu futuro?

Sun y Connor ignoran que comparten un pasado juntos. Una vida, una línea temporal que les fue arrebatada por un maleficio. Sus caminos se unirán en Brujas y ambos se verán inmersos en una encrucijada que los llevará a cuestionar todas sus creencias para recuperar su destino.

Sun es una pragmática restauradora atormentada por miedos y traumas irracionales. Siguiendo el consejo de su mejor amiga, Arizona, visita a una psicóloga que basa su terapia en regresiones y meditaciones guiadas. Esto desencadena algo para lo que no estaba preparada: conectar con una vida anterior, que la ayudará a superar sus temores y a descubrir que su yo del pasado la puede guiar en su vida presente para lograr sus sueños.

Connor es un famoso arquitecto que siempre ha basado la búsqueda del amor verdadero en la leyenda de su bisabuela. Aunque también carga con sus propios demonios, que lo acompañan cada noche en sus pesadillas, nunca ha perdido la esperanza de reconocer a la mujer de la que está predestinado a enamorarse… con solo mirarla.

Cuando coinciden en la fiesta del centenario de la empresa donde trabajan, una poderosa conexión surge entre ellos, atrayéndolos con una fuerza arrolladora. Esto pondrá en marcha el engranaje de un antiguo conjuro que los arrastrará hacia un final plagado de obstáculos.

Una leyenda, un hechizo y siete vínculos que despertarán tras siglos de espera para separarlos de nuevo mediante la magia. Esta es la última oportunidad para detener un ciclo condenado a repetirse. Solo Sun tiene la llave para unir o separar sus destinos, y una tradición ancestral será la clave para confiar en que su elección sea la correcta.

Enamórate leyendo esta historia que rompe las barreras del tiempo y perdura desde hace siglos. Un romance mágico tan intenso e inexplicable que te dejará sin aliento. Porque, a veces, para reencontrarse con el amor verdadero hay que abandonar la razón y dejarse llevar… por la leyenda.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Cambio de planes

Hola, amores.

Siento deciros que he calculado muy mal las fechas porque estoy inmersa en escribir mi tercera novela y no doy abasto.

Aunque he intentado poder escribir una entrada interesante a tiempo, el trabajo me sobrepasa y no he sido capaz.

He de aceptar que no soy Superman y no puedo acudir a todos los frentes, por lo que necesito un mes más para volver a ser un poco más constante con el blog.

Espero que me entendáis. Las redes me ocupan mucho tiempo, además de la nueva novela y la vida en sí.

Por favor, esperadme un poquito más que os prometo que en octubre vuelvo.

Mil gracias por vuestra paciencia y que paséis un excelente septiembre.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Nos vemos en septiembre

Hola a todos:

Creo que va siendo hora de descansar un poquito. El verano se presta a tomar el sol, bañarnos en el mar, o en la piscina, y disfrutar de tiempo con la familia.

En septiembre volveré repleta de ideas nuevas: relatos, entrevistas y reseñas.

Espero que paséis un feliz verano y podías desconectar si tenéis la suerte de estar de vacaciones.

Sed felices y os espero, con las pilas cargadas, en septiembre .




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El día que pudo cambiar la historia de España

Hola, amores.

Hoy os traigo una entrada distinta. Es un ejercicio de clase sobre cómo describir una anécdota, un recuerdo de un momento de tu vida que te impactó. Este, sin duda, pudo cambiar la de todos, y es algo que me quedó grabado a fuego a los seis años.

Es solo mi recuerdo de ese día, cómo lo viví en casa y el terror que sintió mi familia por la posibilidad de que la historia volviera a ser lo mismo.

No me interesa más la política que a muchos de vosotros. Así que tomaos esto como lo que es, un recuerdo sobre un hecho en la historia de España.

El profesor me ha felicitado por la redacción. De modo que espero que os guste y os entretenga.

Es curioso: hay situaciones que se quedan grabadas a fuego en la memoria. Han pasado cuarenta y un años; sin embargo, si me esfuerzo lo suficiente, aún tengo improntas nítidas de aquel día en el que el tiempo se paralizó por una noticia que pudo cambiar, quién sabe cuánto, nuestras vidas, un país y una corona.

Intentaré ser breve, pero no os prometo nada. No puedo evitar echar de menos, con todas mis fuerzas, a cuatro de sus protagonistas. Hace mucho que me dejaron, aunque de sobra saben que siempre los llevo conmigo. Lo que os voy a describir a continuación es lo que veo cuando cierro los ojos y vuelvo a ese día. Un día… en la historia de España.

Pasadas las cinco y veinte, entré como un vendaval en casa y subí corriendo los tres tramos de escalera que me separaban de la cocina. Mi madre se interpuso en mi cruzada hacia la nevera y me besuqueó las mejillas. La dejé porque la quería muchísimo, y porque no tenía más remedio.

Aun siendo lunes, era un día especial, puesto que mi padre cumplía cuarenta y dos. Mi madre preparó la merienda, como todo lo que hacía, con muchísimo esmero. Desafinando, cantamos el cumpleaños feliz. Mi padre sopló las velas y empezamos a comernos la tarta. Puede que este dato no os parezca relevante, y os juro que a estas alturas no recuerdo qué regalos recibió; pero sí es importante situarnos en el horario preciso.

No sé con exactitud cuándo la emisión de la primera cadena (en esa época tan solo existían dos) se vio interrumpida por algo que no entendía dada mi corta edad: siete años. La noticia de la que estaban informando causó que mi familia entrara en pánico por las consecuencias de salir adelante aquello que relataba el periodista, que tenía la cara más seria que había visto nunca.

De pronto, nadie reía. Todos dejaron de comer y, con la preocupación instalada en la cara, vi cómo mi padre se acercó al televisor para subir el volumen.

―Mamá, ¿qué pasa? ―pregunté asustada al ver su expresión.

―Shhh, silencio, María. Ahora no…

Mi madre, por regla general, siempre nos hacía caso a mis hermanas y a mí; así que me quedé bastante sorprendida cuando me mandó callar. Observé con detenimiento a los mayores de mi casa. Hablaban, sí, pero no sabía de qué.

Sin poder dejar de mirar hacia la pantalla, vi un vídeo del Congreso de los Diputados. No es que yo supiera dónde era, es que lo indicaban unas letras en la parte inferior de la imagen. Mientras mi madre emitía una exclamación de terror, escuché con claridad lo que gritaba aquel guardia civil, pistola en mano: «¡Quieto todo el mundo!». El reportero decía de ese hombre con bigote, al que llamaba Tejero, que estaba intentando dar un golpe de Estado.

No sabía qué era eso, así que me armé de valor y pregunté de nuevo qué significaba lo que contaba ese señor. Mi padre, sin mirarme, dijo:

―Ese hombre quiere derrocar al rey.

Me contuve y no añadí ni una palabra. Aunque desconocía qué quería decir, supuse que tenía que ser algo muy malo. Mi abuela suspiró tan fuerte que giré la cabeza hacia donde estaba sentada; fue cuando vi que cogía su pañuelo para secarse las lágrimas. Mi madre me pidió, con cariño, que fuera a jugar a mi cuarto; sin embargo, yo era incapaz de moverme. 

Los minutos pasaron despacio, y todos seguían atentos al noticiero. No dejaban de comentar que no podían creer cómo se les había ocurrido a esos hombres perpetrar semejante locura, que solo iba a servir para dar un paso hacia atrás.

El ambiente seguía apesadumbrado mientras mi madre preparaba la cena. Sobre las nueve de la noche, otra noticia nos sorprendió. En vista de que el Gobierno había sido secuestrado, se decidió la formación de uno provisional. Los elegidos debían tomar las decisiones necesarias para detener a ese teniente coronel que, junto a ciento cincuenta guardias civiles, había interrumpido la celebración de la votación de investidura en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Tan solo fue posible grabar unos pocos minutos dentro de la sala, y esos eran los que emitían una y otra vez, hora tras hora.

Recuerdo que era tarde, que al día siguiente tenía que ir al colegio, pero lo que estaba sucediendo era decisivo en nuestras vidas y para el futuro del país. Hubo un momento en el que todo el mundo perdió los nervios, la armada se hizo cargo y entró para detener a los golpistas. En ese instante, en el que mi madre se tapó la boca con ambas manos, aterrada por lo que implicaba esa intervención, fue cuando mi padre comenzó a reír. Todos lo miramos, extrañados.

―Ya se ha acabado. El ejército los va a detener ―dijo con verdadero alivio.

―Pero, Paco, ¿cómo eres capaz de decir eso? ―respondió mi madre, mirándolo como si se hubiera vuelto loco.

―Hazme caso, cariño. Mañana esto habrá terminado.

No sé qué pasó después, mi madre nos mandó a las tres a la cama. Cuando me levanté, fui corriendo a la cocina, puesto que mis padres ya se habían levantado.

―Mamá, mamá, ¿qué pasó anoche? ¿Han cogido al hombre malo? ―pregunté de forma atropellada.

―Sí, María. Todos han sido arrestados y no va a pasar nada. Vamos a estar bien…

Mi madre me sonrió, como solo una madre sabe hacerlo, me dio un beso y me instó a terminarme el desayuno para llevarme al colegio.

Aquel día ganó la democracia. Aquel día nos regaló el presente que estamos viviendo; aunque, muchas veces, no sea tan de color de rosa como lo esperábamos.

Nunca podré olvidar esas horas de preocupación extrema por nuestro porvenir, ni tampoco cómo mi padre se convirtió en mi héroe con solo una sonrisa, porque, sin decir nada, supo que estábamos a salvo gracias al valor de aquellos que siempre han dado, y darán, la vida por la Patria.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Una cura a cambio de una mentira

Hola, amores.

Han pasado unas cuantas semanas y no había podido subir nada al blog porque, como siempre, la vida nos recuerda que los planes solo son papel mojado. Por eso, y tras lo ocurrido, os digo que «el ahora» es lo único que tenemos. Así que vamos a aprovecharnos y a hacer cosas que nos gustan, como, por ejemplo, leer el relato que os traigo hoy con toda la ilusión.

Mi marido está bien. Jugando al tenis se resbaló, con tan mala suerte, que se partió el húmero en cuatro partes. Ya está operado y evoluciona muy bien. Pero el susto fue monumental.

Solo puedo deciros que mil gracias por esperarme y espero que os guste el relato.

La doctora Olivia Miller observó desconcertada la última placa de Petri que había analizado. Los veintidós meses de duro trabajo habían dado su fruto. El resultado de la prueba era irrefutable: acababa de encontrar la cura del cáncer de hígado.

Anduvo los pocos pasos que la separaban del despacho de su jefe, el doctor Evans, que, tras verificar con detenimiento los datos, no dudó en llamar al director de la compañía para convocar una reunión urgente. Casi una hora después, Miller explicaba la evolución de la gráfica tras aplicar el compuesto y que los tratamientos oncológicos podrían reducirse a una simple pastilla.

Terminada la exposición, la respuesta de los accionistas estuvo dividida. Algunos la felicitaron. Otros, por el contrario, se dieron cuenta de las implicaciones económicas a largo plazo. Los protocolos de quimioterapia sustentaban la empresa. Sin ellos, las pérdidas se contabilizarían en miles de millones de dólares en las próximas décadas, dado el bajo importe de la pastilla frente al resto de fármacos que fabricaban. La simulación a toda prisa que realizaron en el departamento de contabilidad no dejaba dudas: la compañía se devaluaría, ya que los pacientes se curarían en pocas semanas sin necesidad de prolongar su medicación. Cierto era que serían los pioneros en encontrar la cura para ese tipo de cáncer, pero ¿a qué costo? Si ese descubrimiento suponía la ruina para la farmacéutica, no estaban dispuestos a permitirlo.

Tras reunirse de nuevo con la doctora Miller y el doctor Evans, los accionistas hicieron todo tipo de preguntas, incluso si era posible alargar el procedimiento para que la recuperación de los pacientes no fuera tan rápida. De ese modo, la compañía tendría una fuente de ingresos constante durante todo el tiempo que pudiera tardar en remitir el cáncer. El resultado sería el mismo: el paciente se curaría, claro, solo que, en vez de hacerlo en uno o dos meses, podría durar años o incluso décadas. Esta segunda opción permitiría a la empresa seguir con ese flujo ininterrumpido de capital, que era lo único que les importaba.

Olivia, enojada, se llevó las manos a la cabeza. Lo que le estaban pidiendo iba en contra del juramento hipocrático y de cualquier tipo de ética profesional.

La discusión llevaba varias horas. Miller era la responsable de uno de los mayores descubrimientos de la historia; sin embargo, le estaban exigiendo que mintiera y monetizara la vida de millones de personas. Personas que morirían sin remedio, cuando ese fármaco podría salvarles sin dolor ni deterioro de sus cuerpos.

Lo que pretendían era inhumano y despreciable, pero nadie quería oír su punto de vista. Evans quiso apoyarla, aunque tenía las manos atadas. Junto al contrato, cada científico era obligado a firmar dos acuerdos: uno de confidencialidad y otro aceptando que cualquier descubrimiento que hiciera le pertenecía a la empresa.

Miller intentó negociar sin éxito. La única preocupación de los presentes era la repercusión económica debida a la considerable disminución que tendrían en la prima anual. Así que llegaron a la conclusión de que el proyecto debía archivarse. Le dejaron claro que, si en el futuro entraba en razón, tal vez dieran luz verde a que se hicieran pruebas en animales y, posteriormente, en humanos. La única condición era que debía encontrar la forma de minimizar la dosis para que el tiempo de administración fuera más dilatado. Olivia no pudo evitarlo y explotó ante la pasividad de los accionistas por el padecimiento ajeno.

―Señores del consejo, me piden alargar el dolor de los pacientes y el sufrimiento de las familias. ¿Es eso lo que me están exigiendo? ―Miller gritó ante la indolencia que mostraban las caras que la observaban―. ¿Es así, señores?

―Doctora Miller, tranquilícese ―intentó negociar el director Benjamin Moore―. No lo está entendiendo…

―¡Claro que lo entiendo! Me están extorsionando para que modifique el resultado y obtener más beneficios… No puedo cambiar la dosis. No es ético. Es… es… ¡inhumano!

―No me gusta su tono, doctora ―respondió un socio―. No olvide que su trabajo nos pertenece…

―Mi trabajo pertenece al mundo.

―Doctora, hay algo que debe quedarle claro. ―Moore endureció el tono de voz―. Si lo que nos ha mostrado hoy sale a la luz, será demandada de inmediato por incumplimiento de contrato.

Miller sopesó sus palabras. Estaba luchando frente a un titán del gremio y podía acabar en la cárcel si cometía el error de subestimar su amenaza. Pensó en su propia familia y tomó una decisión.

―Señor Moore, puede que haya firmado un contrato… Y puede que crea que tiene derecho a darme un ultimátum, aunque olvida algo importante: yo no me vendo. Si decide llevarme a juicio, no puedo impedírselo; pero, para entonces, ya habré subido a la red la fórmula del compuesto y será de libre acceso.

―¿Nos estás amenazando? ―gritó otro de los accionistas.

―Les estoy advirtiendo.

―¿Qué quieres? ¿Fama? ¿Dinero? ―vociferó Moore.

―Lo que quiero es que mi vecina de seis años recupere la sonrisa. Quiero que mi hermana pequeña no tenga que pasar por un tratamiento de quimio que destroce sus venas. Quiero que el padre de mi compañero de trabajo no se debata entre la vida o la muerte… ¡porque me estáis obligando a reducir la dosis para ganar más dinero!

 La disputa parecía no tener fin. Sobre la una de la madrugada, Olivia, tras agotar todas las vías, dejó clara su postura. No iba a negociar con la vida de inocentes y tampoco les entregaría la patente. Donaría la fórmula de manera gratuita y los llevaría a juicio por intentar ocultar un bien para la humanidad. Para ella, lo que le estaban pidiendo esos despreciables rallaba casi el genocidio. Cansada y frustrada por no haber conseguido que la entendieran, decidió abandonar la sala de conferencias.

De pronto, le pareció insignificante ser la primera científica en descubrir la cura para el cáncer. Lo único importante era que nadie volviera a pasar por algo similar. Se juró que haría todo lo posible porque así fuera, por lo que su verdadera lucha acababa de empezar.

Si quieres leer mi entrada anterior: https://manuelaramirezescritora.wordpress.com/

Sed felices y nos vemos pronto.


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Quiero dejar de ser yo

Hola, amores.

Hoy os traigo algo diferente y muy personal.

Este escrito que os dejo a continuación es para lograr mi catarsis, mi reivindicación ante el mundo para dejar de sentirme tal y como lo hago.

Os agradecería que leyerais hasta el final. Así os podréis dar cuenta del daño que pueden hacer algunas palabras y de lo cansados que estamos aquellos que nos encontramos en mi lado del campo de juego.

La vida es muy corta como para perder el tiempo buceando en el dolor propio, pero disfrutando del ajeno. Así que, si os sentís frustrados, no volquéis vuestra mala idea en personas que se sienten débiles. Y, por encima de todo, no deis consejos si no os lo piden.

Espero que os guste.

Miro mi reflejo en ese maldito espejo que se ríe de mí desde hace años y no me reconozco.

Sé que estoy ahí dentro. Sé que, en alguna parte de este cuerpo detestable, al que odio con todo mi ser, está la persona que quiero y debería ser… La que de verdad soy, pero que aún se mantiene en la sombra… esperando.

Llevo toda una vida intentando cambiar mi aspecto. Una vida luchando por dejar de parecerme a esa caricatura de mí misma y de la que el destino parece que no quiere que me libre.

Cientos de dietas. Cientos de ilusiones perdidas. Miles de horas de mi escaso tiempo de existencia para encontrar ese milagro que me permita ser aquello para lo que se supone que he nacido. Ilusa de mí.

Cuántas veces he tenido que soportar miradas condescendientes… Cuántas me he castigado a mí misma porque no he logrado alcanzar el maldito listón para ser suficiente.

He oído tantos maravillosos y utilísimos consejos: “Si comieras un poco menos… Si te movieras un poco más… Si… Si…”.

Como si no lo hubiera intentado nunca…, como si me tomara en broma pasar hambre, dolores de cabeza, cambios de humor, depresión, angustia, deseos irrefrenables de que todo cambie. Tanto… que he perdido la cuenta de la de ocasiones en las que me he dicho a mí misma: “Quiero dejar de ser yo”.

Quien haya pasado por algo similar sabe de lo que hablo. Cuántos de nosotros no hemos hecho un esfuerzo titánico y después no hemos obtenido el resultado que queríamos. La triste realidad es que muchos pertenecemos a ese espectro en el que hasta reír nos engorda.

Por mi parte, solo he encontrado una solución a largo plazo, solo una: dejar de comer absolutamente todo lo que me gusta… y para siempre.

Me pregunto si conseguir ese peso ideal tan ansiado compensará algún día tanto sacrificio. Si llegaré a ser por lo menos tolerable para esos ojos que me miran con esa cara de fingida aceptación, cuando por dentro seguro que están pensando: “Pobrecita, no da para más”.

También podemos encontrarnos con aquella “amistad” inestimable que nos dice con dulzura “Si estás muy bien como éstas”, “¿Que has perdido cuánto…? Uy, no adelgaces más que estás estupendamente así” y la mejor para el final: “Con lo guapa que eres si adelgazaras un poquito, estarías genial…”. Jamás se me había pasado esto último por la cabeza, la verdad. Menos mal que me lo has dicho porque estaba perdida y sin tu “ayuda” no me hubiera dado cuenta… En fin.

No olvidéis nunca que detrás de cada persona hay una historia. Un motivo. Un porqué.

A veces es tan difícil salir de este círculo vicioso de autocompasión y aceptar que soy la única responsable de mis actos, que duele. Y no os engañéis, lo soy; como también sé que lo que ingiero es para no haber llegado jamás ni a tener una talla 40; pero la vida es cruel, y es lo que me ha tocado.

Pensaréis que soy de atracones, que soy una comedora compulsiva que no puede cerrar la boca a ninguna hora del día. Nada más lejos de la realidad.

Dicen que hay personas que pueden comer lo que quieren y no cogen peso. Supongo que serán tan fáciles de encontrar como una manada de unicornios de color púrpura. Jamás he conocido a una persona así. Todas aquellas que estaban extremadamente delgadas no comían todo lo que querían; más bien casi no comían, por lo que no me extraña que no tuvieran ni un solo gramo de más.

Si existe alguien capaz de comer hidratos a raciones estándar, azúcar, bebidas gaseosas, alcohol y cualquier alimento procesado con asiduidad y no coger ni un mísero kilo…, entonces me lo creeré. Mientras tanto, permitidme que dude de que alguien pueda comer de esa manera y se mantenga con un peso estable, incluso si sus cantidades son mínimas.

Os preguntaréis que con todas estas reflexiones a dónde quiero llegar: pues a que estoy harta de odiarme. Estoy cansada de luchar y he decidido que, en mi caso, la única manera de no llegar a convertirme en eso que detesto es dejar de pensar en ello.

No sé si habéis oído esta frase: “A lo que te resistes, persiste”. He de decir que estoy convencida de que es así, y no ha sido hasta hace un par de días que por fin lo he entendido.

Me he pasado toda mi vida luchando conmigo misma por no ser aquello que más temía, hasta que lo he logrado. He llegado donde más miedo me daba estar porque, por lo visto, he puesto todo mi empeño en pensar lo que no quería. Dicen que el Universo no entiende el “no” cuando deseas algo. Pues qué faena, ¿verdad?

Quizá os preguntéis si es así de fácil. Si con dejar de pensar en lo que nos produce pavor, como en mi caso es estar muy por encima de mi peso, se puede lograr. Para nada. Aunque os puedo dar algo de esperanza; ya que, lo creáis o no, el cerebro suele convertir en “fácil” lo que repetimos una y otra vez que lo es. Así que, según quieras ver aquello que deseas en tu mente, así lo verás. Repítelo una y mil veces, piensa que lo que anhelas con cada fibra de tu ser es sencillo, y tu cerebro se encargará del resto, puesto que lo que más detesta es tener que trabajar. De manera que pónselo fácil no dándole ninguna oportunidad de hacerte cambiar de idea. Tú decides qué es lo que quieres que sea de este modo y empecínate en que lo vas a conseguir.

Muchos sabéis de lo que hablo. Habéis estado allí o lo estáis en este momento, al igual que yo. Únicamente os puedo decir que ánimo, engaña a tu cerebro y dile que lo has logrado. Dalo por hecho, pero ayúdalo como sabes que debes. Y si no lo sabes, un profesional te dirá cómo.

Por mi parte, os juro que estoy en el punto en el que mis fuerzas han desaparecido. Sin embargo, voy a seguir adelante sin pensarlo. Voy a dejar de analizarlo todo porque es lo que siempre he hecho y me ha devuelto en todas las ocasiones al punto de partida. Y quizás un poco más atrás, pero hoy no. Hoy gano yo porque así lo he decidido, y la recompensa no será solo hacer bajar la cifra en la báscula, sino ensanchar la sonrisa en mi rostro. Porque esta vez puede que llore de felicidad por haberlo logrado y no por perder otra batalla. Porque me merezco esa sonrisa y voy a hacer todo lo posible para que se mantenga.

Estoy segura de que este “relato” es el de muchas personas maravillosas, de personas luchadoras que, aunque una o decenas de veces se dieron por vencidas, volvieron al campo de batalla a luchar por algo que les pertenecía… Algo que nos merecemos ganar y que estoy segura de que muchos, muchos, lo lograrán.

Como habéis podido leer no es algo que haya pensado en una tarde, es algo que llevo sintiendo mucho tiempo. Toda mi vida.

Mi experiencia creo que se puede extender a cualquier tara que veamos en nosotros mismos. Permíteme decirte algo que es una crueldad, que no te va a gustar y que puede que te haga enfadar; sin embargo, esto no le resta veracidad, y es que no vivimos en una utopía. Podemos querernos por encima de todo y debemos hacerlo; no obstante, pensar que vamos a encajar con el “buenismo” generalizado nos aparta de la realidad más absoluta. Y la realidad no es otra que la sociedad nos impone y exige que seamos perfectos. Más altos, más delgados, más guapos, más exitosos, más famosos, más… más… más… El caso es, ¿cuánto más? Yo te ahorro el esfuerzo de pensarlo, hasta el infinito.

No sé vosotros, pero yo me planto aquí. Prefiero bajarme del carro y encontrarme a mí misma, que entre tanta exigencia me he perdido la pista.

Por último, quiero deciros que no estáis solos, que yo estoy aquí. Si quieres hablar conmigo, estaré encantada de escucharte. No soy una experta, ni tengo ninguna carrera de nutrición y mi intención no es suplir a ningún profesional. No obstante, me parece inconcebible que pudiendo dar, aunque sea un poco de aliento a una sola persona, no sea capaz de hacerlo. Estoy segura de que una mano amiga a tiempo, puede marcar la diferencia. Yo puedo marcar la diferencia.

Este es mi blog. En él vuelco mis opiniones y mis pensamientos. Si te he podido ayudar con algo de lo que he dicho, me alegro de corazón.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Microrrelato «Luna llena»

Hola a todos.

Siento no poder publicar con la misma asiduidad de antes porque mi tiempo es limitado y llevo muchos proyectos a la vez.

Quizás me debería tomar las cosas de forma más relajada, pero quien algo quiere… Supongo que ya sabéis el resto.

Aquí os dejo un microrrelato que me apetecía compartir con vosotros. Disfruté mucho escribiéndolo, y qué mejor manera de empezar este lunes que con un poquito de misterio.

Espero que os guste.

La noche cayó mucho antes de lo que Måne esperaba. Observó su brazo y lamentó no tener algún antiséptico para curarlo. La herida que le había infringido aquel extraño animal parecía no querer cerrarse, y aún le faltaba atravesar el río para llegar al pueblo. Medianoche, y su única amiga… la luna llena. Un deseo irrefrenable la obligó a fijarse en ella, la Luna del Lobo. El frío agrietaba sus mejillas hasta que su luz la rozó y desapareció cualquier debilidad. El magnífico ejemplar que había mancillado su blanquecina piel estaba allí, aguardando la transformación que la cambiaría para siempre.

Sed felices y nos vemos pronto.


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Todo comenzó con una gincana

¡Hola a todos!

Como sabéis, cada dos meses colaboro de forma desinteresada con la revista Fluencers, http://www.fluencers.online.

Para el mes de enero, la palabra que me facilitaron fue: «Eco».

La ecología es un tema que debería importarnos a todos porque nuestros actos tienen consecuencias a corto y largo plazo para el planeta.

Yo no sé vosotros, pero a mí me encanta llegar a la playa y que todo esté limpio. Así que cuando me voy la dejo incluso mejor que estaba porque si veo un papel, lo recojo.

Pienso en todos los niños que un día serán adultos y que querrán llevar a sus propios hijos al campo o a la playa sin tener que hacer malabares para no pisar basura.

Así que seamos conscientes de que el planeta es solo una casa de verano que alquilamos por menos de cien años y que debemos dejar como la patena cuando nos vayamos de aquí, porque los siguientes inquilinos serán nuestros propios hijos.

Aquí os dejo el relato que desde principios de mes está en la revista por si aún no habéis podido leerlo.

Espero que os guste y os leo en los comentarios.

―Michael Jefferson Green, o bajas ahora mismo con tu maleta ¡o vas con lo
puesto al campamento!
―¡Ya voy, mamá! ―gritó Mike desde el primer escalón.
Patty esperó a que saliera para cerrar la puerta. Después colocó el bulto en el maletero y se sentó en el coche.
―Sabes que vamos tarde, ¿verdad? ―inquirió a su hijo, cuya cara de apatía
reflejaba su interés por ir al campamento “Save The Planet”.
Sus padres eran dos acérrimos ecologistas. Desde antes de su nacimiento ya formaban parte de varios grupos que luchaban, de forma activa, contra el calentamiento global, el cuidado de los océanos, la reforestación de cualquier zona o la preservación de especies en extinción. Cualquier tema era bueno para ayudar a conservar algo que creyeran indispensable para salvaguardar el planeta.
Ese verano habían decidido ir a luchar en contra de la sobrepesca del cangrejo en Alaska y lo iban a “abandonar”, tal y como lo veía Mike, en un campamento donde, “según ellos”, iba a aprender a cuidar del medio ambiente y era idóneo para fomentar la ecología entre los más pequeños. Un verdadero rollo.
Al llegar, una inmensa fila de coches iba dejando a los chicos; que eran
acompañados por sus monitores, para formar grupos de diez por cabaña. Al echar un ojo por la ventana, Mike gritó a su madre exasperado:
―¿Me has traído a un campamento de chicas?
―No, Michael. Es mixto ―aclaró Patty.
―¡Yo no quiero estar aquí un mes! ―vociferó más alto.
Su madre se quitó el cinturón, salió del coche y abrió su puerta para que saliese.
―Deja de protestar. Ya verás que haces muchos amigos y, lo más importante: si prestas atención… ¡aprenderás mucho! ―añadió Patty, guiñándole con gracia.
―Pero ¡yo quiero ir con vosotros! ―volvió a quejarse Mike.
Con maleta en mano, su madre respondió:
―Sabes que eres muy pequeño para eso…
Una joven monitora se acercó hasta ellos con una simpática sonrisa. Mike se
quedó mirando el logotipo de su polo: un armadillo bordado en color rojo. Ella se dirigió a su madre para preguntarle el nombre y, una vez localizado en la lista, llamó al jefe de equipo para que lo llevara con su grupo.
Patty se despidió de Mike con un beso en la cabeza y este se alejó de su lado
refunfuñando.
Los primeros días en el campamento fueron una verdadera locura. Reuniones, clases para conocer el entorno, juegos de todo tipo… Pero lo peor para Mike estaba por llegar. Se había negado a conocer a ninguna de las niñas que formaban los otros grupos.
Muchos de sus compañeros actuaban de igual manera, solo querían relacionarse con otros chicos. Los monitores estaban acostumbrados a estos comportamientos y por la noche rieron al saber lo que les esperaba al día siguiente.
Como las anteriores mañanas, y antes de desayunar, fueron hasta los tablones para ver cómo tenían organizado el día. Una gincana ocupaba toda la jornada. El grito generalizado llegó hasta el último recoveco del campamento cuando leyeron que los equipos los formaban un chico y una… chica. A Mike le había tocado como compañera una tal Ashley y se preguntó qué clase de madre era capaz de ponerle ese nombre a una chica, cuando todo el mundo sabía que era nombre de chico.
Tras un desayuno lleno de protestas, que llegaron de todos lados, repartieron cartulinas con las cinco pruebas. Una vez formados los equipos, a regañadientes, comenzó el juego.
Mike solo había mirado una vez a Ashley, así que ella decidió romper el hielo.
―¡Hola! Soy Ashley ―se presentó muy risueña, ofreciéndole la mano.
―Yo… Mike.
―¡Encantada, Mike! Ven, vamos a un sitio más privado. ―Anduvieron unos
pocos pasos para separarse del resto y continuó―: A ver, este es mi segundo verano en el campamento, así que sé cómo se las gastan los monitores. Ahora presta atención porque se me ha ocurrido lo que podemos hacer para ganar la primera prueba. ¿Has reciclado la basura alguna vez?
―Hum… claro… más o menos.
―A ver, Mike… ¡céntrate! ¿Sabes reciclar o no? ―preguntó ella sin paciencia.
―Creo que sí.
―Madre mía… ―respondió Ashley, sujetándose la frente con la palma de la
mano―. Bueno, en cinco minutos comienza la prueba, así que no perdamos el tiempo.
Atento: de toda la basura solo céntrate en los botes y botellas de vidrio y en el papel y cartón. Los primeros van en el contenedor verde, el que parece un iglú y los segundos en el contenedor azul. ¿De acuerdo? ¿Te ha quedado claro? Cristal, verde. Papel, azul.


―Mike asintió varias veces―. ¡De lujo! Del resto me ocupo yo.
―¿Y a esto lo llaman gincana? Menudo rollo… Esto es recoger basura…
Ashley lo miró con ojos penetrantes y, poniéndole un dedo en mitad del pecho, amenazó:
―Mira, niño de ciudad, el planeta no es un vertedero. Puede que para ti esto no sea divertido, pero yo quiero poder bañarme en la playa dentro de veinte años. Así que, aprende a reciclar de una maldita vez o nos quedaremos sin peces ni océanos.
Ashley, con tan solo cinco años, ya había descubierto qué era encontrarse en una playa llena de plásticos y restos de basura. Sus padres la habían llevado para echar una mano en las tareas de limpieza, y esto la había impactado mucho más que cualquier fotografía o vídeo de internet.
Ahora tenía diez, y su necesidad por mantener limpio el planeta se había
convertido en casi una obsesión. Ir al campamento le daba la oportunidad de seguir ayudando y, si de paso conseguía despertar la conciencia de algunos de los chicos… mejor que mejor.
Mike la miró con una mezcla de molestia y vergüenza. Aunque sus padres habían intentado inculcarle la preocupación por todo lo relacionado con la conservación de su entorno, lo cierto es que él no había prestado demasiada atención. Ahora una niña de su edad acababa de ponerlo en su lugar y le había soltado una verdad aplastante: si los plásticos se adueñaban de mares y océanos, los peces morirían y las playas solo serían un cubo de basura más donde los residuos acamparían a sus anchas.
Se la quedó mirando solo un instante. Algo se removió en su interior y, cuando oyó a su monitor gritar que se acercaran para comenzar la primera prueba, repitió convencido:
―Cristal en el iglú. Papel y cartón, en el azul.
Ella le dedicó una sonrisa llena de esperanza y lo cogió de la mano para salir
disparados hasta donde estaban reunidos los demás chicos.


Cinco años después…


―¡Mike! ―gritó Ashley, corriendo hacia su amigo.
Ambos se abrazaron y rieron al encontrarse de nuevo en el campamento. Estaban muy nerviosos porque habían dejado de ser alumnos para convertirse, por primera vez, en monitores. Esa era una gran responsabilidad, pero esos cinco veranos que habían compartido los habían preparado de sobra. Su enorme interés en cómo ayudar al medioambiente los había unido y fortalecido en su empeño por inculcar la importancia
de cuidar todo lo que les rodeaba. Habían aprendido a plantar árboles y a preparar el campo, sembrarlo y regarlo. También a reciclar la basura, cuidar de los animales y ayudado a traer algunas de sus crías al mundo… Un sinfín de tareas nuevas que habían aumentado de dificultad conforme habían ido creciendo.
Mike no había vuelto a quejarse por ir al campamento, es más, había casi
suplicado que lo enviaran porque quería volver cada verano para ver a Ashley: esa niña que vivía al otro lado del país y con la que coincidía cada doce meses.
―¡Guau! Estás… fantástica ―dijo Mike, recorriendo con sus ojos de adolescente a su mejor amiga tras echarle un buen vistazo.
Ella había pensado lo mismo de él, pero no le había dado tiempo a decir nada.
Como respuesta, dibujó su magnífica sonrisa como tantas veces; solo que, en esta ocasión, arrolló el corazón de un chico que no estaba preparado para experimentar qué era enamorarse por primera vez.
Ese verano fue el mejor de todos hasta el momento. Enseñar era incluso más divertido que aprender. Rieron la noche previa a la primera gincana y más aún a la mañana siguiente al ver cómo los más pequeños se quejaban por tener que hacer grupos mixtos, tal y como ellos habían hecho pocos años atrás.
Los días se fueron sucediendo y ambos se sentían emocionados al conseguir, con pequeños detalles, que muchos de los alumnos despertaran a la importancia de querer y cuidar de la tierra, del aire, de los animales… de la vida, en general.
Era la última noche de ese verano en el campamento. La fiesta de cierre de
temporada estaba en su punto álgido. Algunos de los niños más pequeños jugaban, corrían y gritaban. Los más mayores bailaban y reían. Mike y Ashley se apartaron solo un instante con la excusa de poder hablar sin vociferar. Ambos sabían que la razón era muy distinta. Tras el cobijo de una enorme secuoya se dieron su primer beso y prometieron verse al año siguiente.


Un año esperando.


Ambos volvieron al año siguiente y, aunque retomaron su relación casi en el
mismo punto donde la habían dejado, ella tenía mucho más interés en enseñarle a los más pequeños su amor por el planeta que en perderse en los besos de Mike. Solo tenían dieciséis años y la realidad era que vivían en estados diferentes y a una enorme distancia.
Ese verano tuvieron la oportunidad de limpiar el cauce de un río y de ver cómo el ecosistema se iba recuperando poco a poco, así como los peces volvían para poblar buena parte.
Su relación no avanzó mucho más y el campamento terminó como el anterior. Con cientos de niños felices y deseando volver.
Y así se sucedieron los siguientes dos veranos, hasta que llegó el primer año de universidad y Ashley no volvió. Uno de sus profesores le había hecho llegar la información de un curso estival que se impartía en Pisa. Estaba organizado por la “Escuela de verano Regreso a las raíces de la economía ecológica” y ella se había inscrito sin pensárselo dos veces y, lo más raro para Mike, sin avisarlo con tiempo por si se animaba a acompañarla.
Por muchas llamadas, emails o wasaps que habían compartido, algo era
inamovible: él vivía en Virginia y ella en Oregón, por lo que más de cuatro mil kilómetros los separaban. La distancia año tras año hacía mella en ellos, pero no en su amor por el medioambiente y en intentar inculcar al máximo de personas posibles la necesidad de cuidar el planeta.
Mike regresó una vez más al campamento con la esperanza de que ella decidiera unirse, pero tampoco pudo ser en esa ocasión. Así que, al año siguiente, decidió acompañar a sus progenitores a unas conferencias que ellos mismos habían organizado por todo Estados Unidos sobre el calentamiento global y la importancia de reducir los combustibles fósiles. Al cumplir los doce, sus padres, Patty y Aiden, decidieron crear su propia organización ecologista sin ánimo de lucro y, tras casi siete años, los voluntarios no dejaban de incrementar sus filas. Las subvenciones y donaciones que recibían para cualquier causa eran tan sustanciosas que su manto de protección había logrado salvar a más de una especie en extinción y repoblado bosques completos. Todo por la Tierra.
Todo… por garantizar un futuro.
Ashley, por su parte, se metió de lleno en su Licenciatura de Ciencias Ambientales. Y, aunque mantenía el contacto con Mike, la vida no se detenía. Comenzó y terminó varias relaciones, así como él; que, por mucho que buscaba, no encontraba aquello que quería.


 

Cinco años más…


Mike acababa de terminar su Licenciatura en Ciencias y Políticas Ambientales. Sus estrechas relaciones con varios mecenas de la organización de sus padres le habían convencido para unirse a un partido político que basaba gran parte de su campaña electoral en detener el calentamiento global a toda costa. Al principio, se había unido a regañadientes, pero tras seis meses de duro trabajo llegaron las primarias. Su partido ganó las elecciones y consiguieron la alcaldía. Un pequeño paso hasta el despacho oval, una distancia enorme si miraba atrás. Sonrió al ver lo mucho que había logrado desde que una niña, con voz autoritaria, lo había obligado a reciclar, a una velocidad endiablada, un cubo enorme de basura para ganar una prueba en una gincana.
Habían transcurrido apenas tres semanas desde que ganaran las elecciones cuando su secretaria llamó al teléfono de su despacho para avisarlo de que su reunión de las diez y media acababa de llegar. Aceptó que pasara y, mientras entraba, terminó de firmar varios documentos.
Tocaron a la puerta y su secretaria anunció:
―Alcalde Green, su cita de las diez y media, la doctora Wright.
Mike levantó la vista de su mesa y su expresión no fue capaz de mostrar la
sorpresa que sintió al verla. Tenía que reconocer que se había convertido en una mujer preciosa, que su elegante traje de chaqueta y su apostura indicaban lo mucho que había prosperado. Así como su título, doctora, aunque no sabía aún en qué especialidad.
Nada de eso importaba porque solo era capaz de mirarla a los ojos y ver a la niña que fue, y que consiguió enamorarlo desde el primer día. Se levantó con tanto ímpetu que casi tiró la silla, pero la sujetó a tiempo.
Rodeó su mesa y susurró:
―Ashley…
―Hola, Mike. Alcalde Green…
―Doctora Wright… ―dejó su nombre en el aire como una pregunta.
―Doctora en Medio Ambiente, señor alcalde. Vengo a pedirle… mucho ―dijo ella con una intención velada.
Un nudo se había formado en su garganta. Verlo después de tantos años había despertado algo olvidado, casi perdido. Él la miró y replicó:
―No esperaba menos de ti…
Ashley le dedicó esa preciosa sonrisa que Mike recordaba y que tanto había
echado de menos. Se acercó a ella y le ofreció la mano. Ella, con el corazón a mil, la aceptó de buen grado y se sentó en la mesa de despacho. Él ladeó la cabeza y levantó ambas cejas. La pregunta estaba implícita en su gesto.
―Trabajo para la empresa No plastic waste y vengo a presentarte un proyecto que podría significar la reducción del veinte por ciento del plástico en el planeta.
―¿Un veinte por ciento? Pero, Ash…
―Deja que te lo explique ―interrumpió ella―. Llevo dos años trabajando en
esto, de verdad que es viable. Por favor, no lo descartes tan pronto…
―No quiero descartarlo… Ash ―repitió su nombre casi como un mantra. Ella subió las cejas con sorpresa al escuchar su respuesta; pero, sobre todo, por su tono… casi íntimo―. Quiero que eliminemos el plástico del planeta; así que, enséñame qué has ideado y haré todo lo que esté en mi mano para que llegue al Congreso.


Ahí estaba esa sonrisa… ese brillo en sus ojos. Ella era la determinación en sí misma, tal y como cuando le explicó dónde tenía que arrojar el cristal en el contenedor con forma de iglú.
Ashley asintió despacio y fue desglosando punto por punto su visión para el futuro. La eliminación de los plásticos no era una quimera, ni un sueño. Y, mucho menos, un imposible. El proyecto mostraba que sí se podía llegar a ese porcentaje, y con esfuerzo, incluso se podía mejorar.
Cuando terminaron la reunión, Mike se quedó con su carpeta para hablar con gente bastante importante que financiaba su partido y que seguro estaría muy interesada en ese proyecto.
Al despedirse, ambos se miraron con algo más que satisfacción. Muy por encima de la atracción que sentían, sabían que habían empujado la primera ficha de dominó que mostraría una espectacular imagen final: un planeta libre de residuos plásticos para las generaciones futuras.
Antes de salir, Ashley se giró, pero dudó un instante. Mike no lo hizo y preguntó:
―Lemaire… ¿a las siete…?
Y una sonrisa de Ashley selló aquello que había comenzado casi dieciocho años atrás. Su visión por un mundo mejor la llevó a querer cambiar el futuro y, mirando a Mike, tuvo la certeza de que había aportado su granito de arena.

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Sed felices y nos vemos pronto.

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