Relato corto “El dossier” – 4ª Parte

Hola a todos.

Continuamos con la cuarta parte de este relato corto.

Espero que os guste y os enganchéis a la historia.

Ella aprovechó ese despiste y no hizo nada hasta que él se fue hacia el baño. Se descalzó y apartó los zapatos. Después se levantó despacio subiendo ambos brazos para sacarlos del respaldo y, con una flexibilidad que sorprendió a su propia hermana, se pasó las manos por debajo del trasero y las piernas. Corrió a la cocina, cogió un cuchillo para liberar a Dakota y tras estar libre, su hermana rompió la brida que le tenía juntas sus manos. Se arrancó la cinta de la boca, corrió hacia su bolso y sacó su arma.

―Olvidaste ponerme las bridas en los tobillos…

―¡Joder…! ―respondió él de nuevo, negando con la cabeza.

―Eso ya lo has dicho antes. ¿Se puede saber qué clase de matón eres tú? ―preguntó Mackenzie, sorprendida por su inutilidad.

―Soy guardaespaldas, no soy un matón. Me han…

―¿Contratado…? ¿A propósito? ―terminó ella la frase levantando ambas cejas.

―Creo que lo más sensato es que bajes esa pistola antes de que te hagas daño ―dijo él seguro de sí mismo, rozando la condescendencia.

―¡Y tú deberías cerrar la puta boca! ―gritó Mackenzie con fuerza.

La escena era cuanto menos peligrosa. Él se quedó mirándola, como estudiándola y aunque su expresión externa no mostró nada, sonrió por dentro.

«Tres, dos…», comenzó Hunter una cuenta hacia atrás hasta que un sonido fastidió sus planes. Su teléfono. Él giró levemente su cabeza y señaló con los ojos su bolsillo delantero.

―Tengo que responder… ―confirmó.

―¡Ni se te ocurra! ―gritó Mackenzie.

―Dispárame si quieres, pero tengo que contestar. Hunter bajó la mano despacio para coger el móvil y descolgó―. ¿Sí? Hum… ¿Por qué? ¿Es que no se fía de mí? ¡No! ―Miró el móvil con los ojos muy abiertos y se lo guardó en el bolsillo―. ¡Joder! ―gritó mientras cerraba los ojos con fuerza.

La cosa se estaba complicando un poquito más. Miró a Mackenzie y después a Dakota, que había permanecido apoyada en el quicio de la puerta todo el tiempo mientras su hermana lo estaba apuntando.

«Uno…», y terminó la cuenta atrás que había comenzado antes de recibir esa llamada.

Todo sucedió tan deprisa que no pudieron asimilar lo que había pasado. Hunter, con un movimiento certero y a una velocidad endiablada, había girado las muñecas de Mackenzie despojándola de la pistola y empujándola contra su hermana. Ahora él la tenía en su mano, había sacado la suya y, apuntándolas con ambas pistolas, volvía a amenazarlas.

―Ahora, ¡silencio! ―Las hermanas Miller se abrazaron y asintieron muertas de miedo―. No hay tiempo para gilipolleces. Si queréis salir vivas de esto vais a tener que confiar en mí y hacer lo que os ordene. ¿Entendido?

Ambas volvieron a asentir. No les quedaba otra que aceptar las palabras de ese hombre que ahora tenía todas las cartas de la baraja en su mano.

―“Escorpión” viene hacia aquí ―anunció él.

Mackenzie abrió los ojos y negó mientras decía:

―¿Por qué?

―Graves no se fía de mí. Lo ha mandado para asegurarse de que termino el trabajo ―aclaró Hunter.

―¿Y qué pretendes que hagamos? ―preguntó la fiscal.

Él frunció los labios un segundo y comenzó a dar órdenes.

―Mackenzie, vuelve a la silla. Dakota, ayúdame a amordazarla y a ponerle las bridas.

―¡No! ―gritó Dakota.

―¿Queréis vivir o morir? Decidíos porque no creo que tarde más de diez minutos ―dijo Hunter convencido.

―¡Vivir! ―dijeron las dos.

―Entonces ¡obedeced!

Los tres volvieron al salón. Mackenzie se sentó en la silla de su hermana y Hunter volvió a meter la que había utilizado ella debajo en la mesa junto a las otras. Dakota le puso un trozo de cinta aislante y Hunter le pasó dos bridas que utilizó para sujetar la mano y el tobillo que le correspondía.

Él miró alrededor y le dijo a Dakota:

―Coge tus cosas, vete a la habitación y métete en el armario detrás de la ropa. No hagas ruido o la pondrás en peligro y a ti también.

Dakota asintió una vez, se volvió hacia Mackenzie y la besó en la frente. Su barbilla tembló, pero no tenía tiempo para mostrar debilidad. Recogió su mochila del suelo, volvió al baño para recoger su ropa, que metió a presión en esa bolsa que parecía que hubiera encogido en los últimos minutos y corrió hacia la habitación de su hermana para esconderse donde le había indicado su captor y ahora improvisado salvador.

Hunter volvió a revisar la habitación y se dirigió a Mackenzie:

―Nunca he tenido la intención de haceros daño ―ella asintió repetidas veces para convencerse de que él decía la verdad―, pero sabes que “Escorpión” no es como yo. No te resistas ni intentes hacer nada para liberarte, eso lo excitará aún más. Confía en mí y tal vez salgamos de esta.

Continuará…

Sed felices y os espero la semana que viene.


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Relato corto “El dossier” – 3ª Parte

Hola a todos.

Continuamos con la tercera parte de este relato corto.

Espero que os guste y os enganchéis a la historia.

Dakota cerró los ojos y lloró sin poder evitarlo. En esos momentos, él estaba tan atrapado como ella, y el desenlace no iba a ser un final feliz. O le entregaba los documentos para salvar a su hermana y, al mismo tiempo, a su hermano; o Hunter se vería obligado a sonsacarles a la fuerza. El resultado en ambos casos iba a ser el mismo, Graves conseguiría la libertad.

Ella lo miró mientras las lágrimas corrían sin esfuerzo por sus mejillas y dijo:

―Detrás del espejo del baño está la caja fuerte. Empuja una vez y el panel se abrirá. Uno, nueve, nueve, tres. Coge los documentos y salva a tu hermano, Hunter.

Él se quedó boquiabierto. Acababa de darle lo que necesitaba para salir de ese atolladero. Sintió un profundo agradecimiento por lo que acababa de hacer y mirándola a los ojos, dijo:

―Gracias, Dakota…

La puerta de entrada se abrió y Mackenzie se encontró una escena de terror donde su hermana estaba siendo la protagonista a la fuerza. Inhaló una bocanada de sorpresa al ver a un hombre desconocido apuntándola con una pistola.

―No grites si no quieres morir ―dijo Hunter tragando saliva.

Maldijo para sí. El trabajo no decía nada de tener que lidiar con dos rehenes. La situación se acababa de complicar más de lo que él esperaba. Solo quería esos documentos, recuperar a su hermano y volver a su vida insulsa de guardaespaldas de políticos de segunda. En cambio, ahora debía tratar con dos chicas que seguro perderían los nervios y con razón.

―¿Quién eres? ―casi susurró Mackenzie―. ¿Por qué tienes maniatada a mi hermana? ¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? ¡No tengo! Solo soy fiscal de…

―¡Cállate de una vez y coge una silla! ―casi gritó él.

―Zizi, cierra la boca y deja que Hunter termine a lo que ha venido ―dijo Dakota mirando a su hermana.

―Pero ¿qué dices, Dakota? ¿A qué ha venido?

Hunter perdió la poca paciencia que le quedaba. Obligó a sentarse a Mackenzie y le tapó la boca con cinta aislante. Dakota lo miró y, dibujando en su rostro una mueca parecida a una sonrisa, dijo:

―Gracias por no hacernos daño, Hunter.

Él asintió una vez mientras sujetaba las manos de Mackenzie detrás del respaldo de la silla con una brida. Se colocó delante de ambas y sentenció:

―Voy a ir a por lo que he venido y si os estáis calladitas ninguna saldrá herida. ¿De acuerdo? No hagáis ninguna estupidez, por favor.

Ambas asintieron y Dakota, sin poder evitarlo, respondió:

―Gracias de nuevo, Hunter.

Él resopló, cerró los ojos y volvió a asentir. Miró a Dakota un segundo más de lo que debía, pero al final decidió que lo más sensato era taparle la boca. Esa chica lo estaba distrayendo demasiado y no podía desviarse del principal motivo por el que estaba allí. Además, lidiar con una mujer no era difícil, pero no quería tentar al destino teniendo que preocuparse por dos.

Nada estaba saliendo como había planeado. La chica que no era su principal objetivo no paraba de decir su nombre, y eso le estaba gustando más de lo que debería haberle interesado en esos momentos. Se estaba arrepintiendo de haber aceptado el caso, pero a esas alturas no tenía más remedio que admitir que esa era la única manera de recuperar a Dylan. Le habían pagado una fortuna, sí; pero jamás se le ocurrió imaginar que como garantía iban a retener a su hermano para que cumpliera el trato. El maldito Graves era un asesino con demasiados recursos a su alcance.

Entró en el baño y se guardó la pistola entre la cinturilla del pantalón y la espalda. Abrió la puerta del espejo y empujó una vez el tablero blanco que disimulaba ser la pared. Sin hacer ruido, este se desplazó a un lado dejando a la vista un panel con dígitos. Pulsó en orden los números que le había facilitado Dakota y abrió la caja. Allí estaba el dossier.

Lo sacó con mano firme y revisó su contenido. No entendió nada porque eran varios listados de cuentas financieras con cifras astronómicas. El nombre del propietario de esas cuentas era el de Graves.

«¿Tanto lío por unas cuentas…? Creía que querían condenarlo por asesinato», se dijo a sí mismo sin entender qué diferencia podían suponer esos documentos.

Cerró la carpeta y miró el resto del contenido de la caja fuerte. No tenía tiempo para revisar lo que había allí dentro, así que decidió que lo más sencillo era llevárselo todo. Al sacar el resto de las carpetas, varios documentos se escaparon y cayeron al suelo. Dejó la columna de dosieres encima del lavabo y se agachó para recuperar los folios sueltos cuando notó algo frío en la base del cuello.

  ―Suelta esos documentos y pon las manos donde pueda verlas ―amenazó Mackenzie―. ¡Que levantes las manos, Hunter!

―¡Joder! ―respondió él casi en un susurro. Giró la cabeza y vio a la fiscal apuntándole con un arma. Dejó los documentos en el suelo y se incorporó despacio a la vez que se daba la vuelta mientras levantaba las manos en señal de rendición―. Así que te has soltado… ―dijo él sin comprender cómo una chica de su envergadura había podido deshacerse de una brida apretada con fuerza. Con las prisas por llevarse la documentación, Hunter había amordazado y maniatado a Mackenzie, pero había olvidado por completo sujetar sus tobillos a la silla porque se había distraído un instante con las palabras de Dakota. Por eso, y por tener puesta toda su atención en apoderarse de los documentos y marcharse lo antes posible, no había cogido las bridas para colocárselas en los tobillos. Un fallo de principiante que estaba a punto de pagar muy caro.

Continuará…

Sed felices y os espero la semana que viene.


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Nos vemos en septiembre…

Hola a todos.

Creo que va siendo hora de descansar un poquito. El verano se presta a tomar el sol, salir (teniendo cuidado extremo por la situación en la que aún nos encontramos) y disfrutar de tiempo con la familia.

En septiembre reanudaré la historia de “El dossier” porque todavía queda mucha tela que cortar.

Espero que paséis un feliz verano y desconectéis si tenéis la suerte de estar de vacaciones.

Sed felices y os espero, con las pilas cargadas, en septiembre .


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Relato corto “El dossier” – 2ª Parte

Hola a todos.

Continuamos con la segunda parte de este relato corto.

Espero que os guste y os enganchéis a la historia.

Cuando volvió aquel hombre, que tenía más presencia de guardaespaldas que de matón, le acercó el vaso con el agua y se lo dio con paciencia.

―Gracias…

―Un placer… Bien, ahora me vas a decir dónde tienes los documentos que esta mañana le has prometido al juez…

―¿Qué documentos? ―respondió Dakota, sabiendo a lo que se refería. Esa información no estaba dispuesta a darla. Al menos, no sin pelear.

―Señorita Miller, me está haciendo perder el tiempo… y, peor aún, la paciencia. Ambos sabemos que los tiene; así que ahorrémonos el triste y amargo proceso de la tortura. Mire, llevo un traje bastante caro y no tengo ganas de manchármelo. ¿Comprende lo que le estoy diciendo?

Hunter Adams era un guardaespaldas que, en algunas ocasiones de necesidad, se dejaba comprar; y esta vez lo había hecho por una cantidad nada despreciable, pero ese no era el motivo principal.

Cometió el error de mirarla primero a los ojos y después a los labios, justo en el momento en el que la estaba amenazando de muerte. En ese instante, se vio a sí mismo dándose la vuelta para no besarla.

«Pero ¿qué mierda estás pensando, Adams? ¡Céntrate, joder!», se regañó enfadado.

Hacía tan solo unas pocas horas que lo habían contratado para ese trabajo. Recuperar los documentos incriminatorios de “El desollador” e irse sin más. No debía matar a la fiscal porque eso no le beneficiaría, con hacer desaparecer la información era suficiente. Pero, si ella no colaboraba… Bueno, tenía vía libre para hacerle lo que fuera necesario.

Al recibir la fotografía del objetivo, se había quedado absorto con sus facciones y su sonrisa. Ahora la tenía delante, atada y a su merced. Y estaba dispuesto a hacerla entrar en razón.

Ella respondió a su amenaza.

―No soy quien crees que soy.

―Ya, ¿y quién se supone que eres? ―preguntó divertido, mientras volvía a sentarse en el sillón de Zizi.

―No soy ella. No soy Mackenzie.

―Seguro…

―Me llamo Dakota. No soy fiscal, soy ilustradora de cuentos infantiles. Mackenzie es mi hermana y no sé…

―No estoy para gilipolleces, ¿de acuerdo? ―dijo Hunter muy serio.

Dakota notó algo en él que no supo distinguir en ese momento; pero, de alguna manera, sintió que ese hombre no iba a cumplir la amenaza contra su vida. Así que decidió continuar con su mentira a medias.

―No estoy mintiendo. Me llamo Dakota Miller. Soy la hermana de Mackenzie y no sé de qué me estás hablando. Solo he venido a ducharme y recoger un vestido que mi hermana iba a prestarme para una cita…

―¡Basta! Me importa una mierda lo que estás diciendo… ―respondió, mientras se levantaba hasta llegar a ella y ponerse a su altura―. Creo que no eres consciente de que te estoy hablando en serio. O me das los documentos o te corto el cuello.

―Pensaba que ibas a pegarme un tiro…

―Hum… He cambiado de opinión. Eso haría más ruido.

―Pero no querías mancharte la ropa…

―¡Mírame, Mackenzie! No te lo voy a repetir. ¡Dame los documentos o no vas a salir viva de este piso!

―¡No soy Mackenzie! ¡Te he dicho la verdad! Mira en mi mochila, ahí está mi documentación y mi móvil. ¡Compruébalo! ―dijo ella, plantándole cara.

De alguna manera pensó que, si traía sus cosas al salón, podría quitarle el móvil. Algo muy estúpido por su parte porque seguía maniatada.

―De acuerdo. Voy a comprobar si lo que estás diciendo es cierto. Como no lo sea, nuestra conversación va a ser muy corta.

Fue hacia el baño y rebuscó en la mochila. Encontró su cartera con el carné de conducir y se quedó sin palabras cuando leyó: Dakota Miller. Cogió su móvil y al pulsar el botón lateral fue cuando sus ojos se abrieron de golpe: era la chica del salón junto a otra chica muy parecida.

«Pero… ¡joder!», se dijo muy enfadado. Eran dos chicas casi idénticas, aunque una parecía más joven que la otra. Volvió al salón hecho una furia.

―¿Quién cojones eres? ―preguntó, enseñándole la foto de su móvil.

―¡Te lo he dicho! ¡Soy Dakota Miller! Mackenzie es mi hermana mayor, tan solo nos llevamos un año de diferencia…

―Pero ¡sois iguales!

―¿Y qué le voy a hacer? ―respondió ella, levantando ambos hombros.

―¿Por qué estás en su piso? ―gritó Hunter fuera de sí, llevándose las manos a la cabeza.

―¡He venido a por un vestido! ―mintió Dakota.

―¡Joder, joder, joder!

―¡Suéltame, por favor!

―No puedo, ¿lo entiendes? Acabo de joderla… ¡y bien! Pero ¿por qué cojones tenías que venir hoy a su casa!

―¡Que te lo he dicho! ¡He venido a por un vestido! ―volvió a mentir.

Hunter cerró los ojos con fuerza y negó un par de veces. Después se acercó a ella y dijo:

―¿Dónde está tu hermana?

―No lo sé… en el juzgado, supongo.

―¡Joder! ―dijo, mientras unía las manos a la altura de la boca y la miraba con incredulidad―. La he cagado y bien.

―Si me sueltas, no diré nada…

―No puedo hacer eso, Dakota… Simplemente… no puedo…

Ella inhaló por la boca una bocanada de sorpresa.

―Él te tiene… ―dijo convencida―. ¿Te ha amenazado? ¡Mi hermana puede ayudarte…! ―intentó negociar.

―No puede ―dijo Hunter, mirándola a los ojos―. Tiene a mi hermano pequeño… Necesito esos documentos o lo matará. ¿Lo entiendes? ¡Necesito esos documentos!

―Pero ¡ella puede ayudarte, es fiscal!

―¡Baja la voz o te pongo una mordaza! Piensa… piensa… ―se dijo en voz alta―. Esperaremos a que vuelva…

―¡No! ¡No le hagas daño! ―interrumpió Dakota.

Dos lágrimas cayeron de sus ojos sin poder evitarlo. Hunter la miró y tragó su propia pena. Eso era lo que su hermano estaría sintiendo en ese momento. Miedo y desesperación.

―Ella no puede ayudarme… Dylan solo tiene dieciséis años, no puedo dejar que muera ―confesó él.

―Y ella es mi hermana… Por favor, dime cómo te llamas ―preguntó Dakota, intentando razonar con él.

―No puedo decírtelo… Dakota… ―Ella lo miró de tal manera que algo se rompió en Hunter―. Por favor, no me mires así… Hunter, me llamo Hunter.

Continuará…

Sed felices y os espero la semana que viene.


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Relato corto “El dossier” – 1ª Parte

Hola a todos.

Hoy vamos a empezar con la primera parte de este microrrelato. No sé cuántas entregas va a tener, aunque creo que así va a ser mucho más divertido; pero os adelanto que, al menos, van a ser seis.

Espero que os guste y os enganchéis a la historia.

―¡Protesto, señoría! ―exclamó la fiscal Mackenzie Miller.

―¡Se acepta! ―respondió el juez Thompson, mirando al abogado de la defensa y golpeando el mazo con contundencia―. Se lo advierto, abogado, una infracción más y le acusaré de desacato a este tribunal.

―Señoría, pido un aplazamiento hasta el lunes cuando aportaré la documentación a la que me refería. La persona que debía traérmela ha tenido un percance y no llegará a tiempo ―se excusó Mackenzie, mirando de reojo su móvil y viendo cómo se apagaba por décima vez con una llamada perdida que parecía gritarle que no iba a obtener la prueba que necesitaba para condenar a Caleb Graves, alias “El desollador”.

―¡Protesto, señoría! ―replicó Cameron Clifford, abogado de la defensa, casi en tono sarcástico―. La fiscal se está yendo por las ramas y no tiene ninguna prueba en contra de mi cliente. Exigimos que se retiren los cargos y que se le ofrezca una disculpa por prevaricación.

―¡Denegada! ―sentenció Thompson―. Cuidado, abogado. Mida el tono de sus palabras porque está solo a una más de que le ofrezca una celda justo al lado de su defendido. Se acepta la petición de la Fiscalía y se pospone la vista hasta el próximo lunes cinco de julio. Señores y señoras del jurado… ―dijo cabeceando hacia los doce sentados a su izquierda―. Se levanta la sesión.

―¡En pie! ―alzó la voz el alguacil.

El honorable juez Albert Thompson abandonó la sala y el resto de los jurados también.

Varios alguaciles se acercaron a Grave para devolverlo a su celda. Antes de salir de la sala, volvió la cabeza hacia Mackenzie y dijo:

―Me encanta su piel, abogada…

Ella lo miró sin inmutarse; pero, por dentro, su corazón comenzó a bombear de manera frenética. Sabía que no debía bajar la guardia porque seguro que sus secuaces podrían estar esperándola en cualquier parte.

Consiguió salir del juzgado, cogió su móvil y llamó a la persona que había provocado la solicitud del aplazamiento: su hermana.

―Zizi… ¡por Dios! ¡Te he llamado diez veces! ―dijo Dakota con voz desesperada.

―¿Dónde te has metido? ―gritó Mackenzie.

―Por lo visto alguien se ha lanzado a la vía del metro en la M10 y han detenido todos los trenes. He intentado coger un taxi, pero todo el mundo ha pensado lo mismo y me ha sido imposible… ¿Qué ha pasado?

―El juez me ha dado un aplazamiento.

―Menos mal… ―dijo aliviada Dakota.

―Siento haberte metido en este lío. No me puedo creer que olvidara la carpeta encima de la mesa… ―confesó Mackenzie.

―Zizi, es normal… ¡si no duermes! Lo que me extraña es que te hayas levantado de la cama y hayas logrado llegar al juzgado.

―Tengo que conseguir esa condena… Te juro que ese malnacido no despellejará a nadie más… ―respondió Mackenzie.

―¿Qué hago? ¿Te llevo la documentación a tu despacho?

―No, mejor a…

―Ya… ¿Te importa que me duche? ―preguntó Dakota.

―Claro que no. ¿Tienes ropa?

―Sí. Cuando me has llamado iba hacia el gimnasio. Menos mal que llevo la mochila con la ropa de deporte… Y gracias a todo lo que he corrido, necesito cambiarme porque estoy sudando de cabeza a pies.

―Gracias, Dak. Te debo una.

―Tranquila, hablamos luego, te quiero.

―Y yo.

Dakota sabía a dónde tenía que ir, a la casa de Mackenzie. Llegó a los pocos minutos, dejó la carpeta en la caja de seguridad que tenía escondida su hermana y fue a ducharse.

Estaba secándose el pelo cuando algo la golpeó con fuerza y cayó al suelo. Al despertar, estaba sentada en una silla en mitad del salón y todo estaba revuelto. Tenía manos y pies atados con bridas y una cinta americana tapándole la boca.

Miró a su alrededor y vio a un hombre sentado en el sillón preferido de Zizi.

―Bienvenida… ―dijo aquel desconocido.

Dakota intentó gritar, pero el sonido quedaba amortiguado y fue cuando vio la pistola en su mano derecha.

―Siento que nos conozcamos de esta manera; pero su digamos… “entusiasmo” por su trabajo, nos ha llevado a este punto. ―Ella lo miró con los ojos muy abiertos, no sabía a qué se refería―. Bien, señorita Miller, solo quiero una cosa. Una cosa que usted va a darme y, si se porta como es debido, daremos nuestra improvisada amistad por terminada. Voy a quitarle la mordaza y no va a gritar, ¿de acuerdo? ―dijo, mostrándole de nuevo la pistola.

Dakota asintió varias veces. Ese hombre se acercó y con extraña delicadeza le quitó la cinta. Ella movió la boca y se pasó la lengua por los labios resecos. Él se quedó mirándola como si la viera por primera vez.

«Es una preciosidad… Lástima que no podamos…», ella le sacó de sus pensamientos.

―¿Puedes darme un poco de agua?

―Claro, pero no grites o me harás enfadar.

Dakota negó repetidas veces sin hacer ruido. Él asintió una vez y fue hacia la cocina. Ella buscó con la mirada su mochila hasta que recordó que estaba en el baño. Ahí tenía su móvil, pero era imposible que se deshiciera de esas bridas que la tenían sujeta a la silla.

Continuará…

Sed felices y os espero la semana que viene.


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Microrrelato “Mi visión de Sherlock Holmes”

Describir un personaje de la literatura mundial como, por ejemplo: Elisabeth Bennet de “Orgullo y prejuicio” (Jane Austen), Edmundo Dantés de “El conde de Montecristo” (Alejandro Dumas) o incluso Ebenezer Scrooge de “Cuento de Navidad” (Charles Dickens) no es nada fácil.

Podemos caer en la simpleza de definirlos por lo que nos detalla el autor en su obra y omitir la belleza de mostrar a cada personaje, bien por su actitud, bien por sus aficiones; tal vez por alguna pertenencia que siempre le acompañe y casi le defina, o por algo que le sucedió años atrás.

Este ejercicio, para algunos, puede que parezca inútil porque… ¿para qué vamos a perder el tiempo “mostrando” al personaje por lo que lo caracteriza cuando podemos “contar” lo que dice el autor de él?

Enumerar es mucho más sencillo y, en realidad, ceñirnos a la obra es lo más sensato. Sin embargo, para mí, ha sido un verdadero placer devanarme los sesos intentando presentar a Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle por su idiosincrasia y no por algo tan evidente como es su propia descripción en el texto.

Aquí os dejo mi versión de este maravilloso personaje que Conan Doyle nos regaló a regañadientes. No hay versión cinematográfica o serie de televisión que haya visto y que no me haya enamorado. Por supuesto, unas más que otras; pero me apasiona ver las muchas versiones que se han dado a lo largo de la historia de este emblemático detective privado.
Para mí, la serie de Netflix “Sherlock” con Bennedit Cumberbatch, es una auténtica referencia en cuanto a versión moderna del personaje. Ni que decir tiene que os la recomiendo porque la interpretación del actor es sublime.

La versión de “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie con Robert Downey Jr. de protagonista… Bueno, Robert siempre es él mismo y lo único que hace es cambiar de ropa, película tras película. Por lo visto la tercera entrega de esta versión estaba lista para ser estrenada a finales de 2020; pero, por razones obvias, se ha decidido retrasar todo un año y su estreno puede que sea el 21 de diciembre de 2021. Digo puede, porque todo “puede” cambiar.

La nueva versión de Netflix, “Enola Holmes”, es una muestra muy libre de las historias de Conan Doyle. No puedo decir que no me haya entretenido. La época que reflejan es una de mis favoritas para leer y ver en la pantalla; aunque, bueno, sabemos que vivimos un tiempo donde las versiones son de lo más estrambótico, añadiendo mujeres y personas de otras razas donde se sabe de sobra que no formaban parte de la historia, pero no dejan de tener su encanto y personalidad.

Por último, me gustaría hablaros de otra adaptación como es “El secreto de la Pirámide” (“Young Sherlock Holmes”) de Barry Levinson de 1985. La vi con doce años y disfruté de la película tanto como de los actores. Pero tened en cuenta que mis referentes del cine en esa época eran “Star Wars”, “Indiana Jones”, “El club de los cinco”,”E.T.”, “Los cazafantasmas”, “Regreso al futuro”… Películas que se consideran obras maestras del cine incluso hoy en día. Y tuve el privilegio de verlas con los ojos de una niña de verdad: sin videojuegos, sin internet y sin redes sociales. Imaginaos qué hicieron esas historias en mí y en el desarrollo de mi imaginación: maravillas.

Espero que os guste el texto. Como ejercicio de clase, cuya extensión no podía superar las trescientas palabras, me han felicitado; así que no puedo estar más contenta.

Me encantará leer vuestra opinión.

Sherlock Holmes siempre olía a tabaco de pipa: sus manos, su gabán, incluso ese ridículo sombrero típico de la caza del ciervo que lo hacía diferente de todos los demás porque… ¿quién más se atrevería a llevar esas pintas en pleno Londres del siglo XIX?

Holmes y su némesis, el profesor James Moriarty, habían llegado a un acuerdo lícito e implícito. Este último, como buen profesor del horror, creaba el caos y la muerte a su paso. Holmes, como detective, se comportaba como un sabueso desesperado por encontrar el hueso oculto bajo tierra. La eterna lucha del bien contra el mal.

Ambos se medían de la mejor manera, a través de aquello que nos permite soñar y formular cualquier tipo de pregunta o acción: la materia gris que es nuestra esencia, lo que somos.

Sin duda, la lucha de titanes por saber quién se llevaría la copa ganadora era encarnizada y el ingenio era, en cierto modo, la mejor arma de la que disponían ambos. Aunque el profesor quisiera que Holmes desapareciera de la faz de la tierra y pusiera todo su empeño en conseguirlo, este no se lo iba a poner nada fácil.

Sin embargo, hay que recordar que todo tiene un precio y a Holmes hacía bastante tiempo que su ropa empezaba a quedarle cada vez más holgada. Su preocupación y terrible necesidad de ganar lo habían consumido hasta tal punto que olvidaba las necesidades básicas. Aunque, claro, aquellos malditos líquidos transparentes que se inyectaba en las venas tampoco ayudaban en lo más mínimo.

El doctor John H. Watson, amigo y compañero, había llegado esa mañana acompañado del mismísimo inspector G. Lestrade. Otra víctima había sido hallada y, aunque Holmes se encontraba más ido de lo habitual, el comienzo de una nueva partida le devolvió a la vida.

Sed felices y os espero la semana que viene.


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Reseña a “El duque y yo” de Julia Quinn

Sinopsis

LOS COTILLEOS
DE LADY WHISTLEDOWN
NO FALLAN NUNCA

Una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza. La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.


ESTABA DECIDIDA A PROTEGER EL CORAZÓN DE SU HERMANA…

Kate siempre supo que el éxito en sociedad no era para ella: pensaba que era demasiado alta, algo mayor para el matrimonio a sus veintiún años, y no especialmente bella. Por eso se dedica en cuerpo y alma a proteger a su adorable hermana pequeña de todos los vividores sin escrúpulos que la rondan en bailes y reuniones, atraídos por su belleza. Kate se siente más que capaz de mantener a raya a solteros de dudosa fama como el vizconde Anthony Bridgerton… aunque pronto descubrirá que del enfrentamiento a la pasión hay un paso muy pequeño.


¿PERO QUIÉN PROTEGERÍA EL SUYO PROPIO?

Anthony Bridgerton tenía clara una cosa en su vida: que no viviría más años que los que vivió su padre, muerto antes de los cuarenta. Por eso ha decidido vivir su juventud intensamente, sin comprometerse a un amor que quedaría bruscamente interrumpido. Sin embargo, llega un momento en que decide casarse para dejar un heredero. Pero encuentra un formidable obstáculo, la persistente hermana de la novia elegida, que se atreve a desafiarle continuamente. Poco a poco, Anthony descubre en aquella mujer un rival digno de él mismo, capaz de hacerle replantearse muchas cosas… y un ser excepcional del que le va a ser muy difícil no acabar enamorado.

Opinión personal

“El Vizconde que me amó” de Julia Quinn, es el segundo libro de la serie familiar de romance de época ‘Los Bridgerton’.
Anthony Bridgerton es un personaje que me ha sorprendido gratamente al evolucionar de manera sutil, aunque consistente, tal y como lo haríamos cualquiera de nosotros cuando nos damos cuenta de que nuestros temores y forma de ver la vida, no es ni la correcta ni tiene sentido.


Me resulta familiar el concepto de rechazar de pleno el amor para no sufrir. Lo he leído hasta la saciedad en decenas y decenas de libros. Sin embargo, hay algo de belleza y romanticismo dramático que me lleva a tener mucha curiosidad en saber cómo el protagonista de esta tortura autoimpuesta, por el motivo que sea, consigue superar sus miedos y se entrega sin barreras a sentir el amor en todo su esplendor.

No podemos olvidarnos de Kate y Edwina Sheffield; ni de cómo sus vidas, tras el fallecimiento de su padre, cambia radicalmente. Me apena saber qué difícil era para una mujer poder salir adelante en esa sociedad tan encorsetada y estricta, a la par que sumamente cínica tras las puertas cerradas. Los personajes están muy bien definidos y no puedes hacer otra cosa que admirar a ambas, puesto que son fuertes, decididas y saben cuáles son sus metas para garantizar el bienestar de todas, incluida su madre.

El conflicto interno de los protagonistas es el verdadero centro de la historia, a parte del amor, por supuesto. Anthony y Kate tienen que luchar contra sus propios demonios y, al mismo tiempo, entre ellos mismos. Él quiere casarse con su hermana y ella pone todo de su parte para impedirlo, puesto que considera que es un mujeriego redomado y no desea tal hombre para Edwina.

Los diálogos mordaces entre ambos me han provocado más de una sonrisa y alguna que otra carcajada. La evolución de ambos personajes es lenta al principio. Conforme va avanzando la trama, vas viendo que, en poco tiempo, los dos consiguen mejorar como personas y superar sus miedos; lo que siempre resulta un maravilloso ejemplo para todos.

Por último, me gustaría añadir que esta novela no la he leído, la he “devorado”. El género romántico es mi preferido, muy por encima del resto; y he disfrutado de cada página como hacía tiempo que no conseguía un libro de estas características.

Creo que, con esta entrega, Julia Quinn ha mejorado mucho en cuanto a los diálogos y situaciones inverosímiles. Estoy deseando empezar el tercer libro, pero aún deberé esperar a que me llegue.

Y vosotros, ¿os animáis a comenzar con esta saga? Mi recomendación es un rotundo “sí”.

Sed felices y os espero la semana que viene.

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Uisge – Agua

Hoy os traigo un relato original basado en una sola palabra: agua.

Agradezco la oportunidad que me han brindado Javier Martínez y Raúl Torres de la revista http://www.fluencers.online de colaborar con ellos.

En julio veréis en su revista una versión más cortita y ligeramente distinta a la que os traigo, puesto que allí solo podía utilizar un número determinado de palabras. Seguro que los que me empezáis a conocer sabéis que no sé resumir, por eso os traigo aquí la primera versión.

Espero que os guste.

―¡Observa atentamente, Sam! ―dijo el profesor Óscar O’Brien.

―Pero, profesor… no veo nada especial ―respondió su alumno, cansado de llevar el equipo de grabación a cuestas.

―¿Cómo que no ves nada especial? ¡Estás loco! ¡Mira la cascada multicolor, es de una belleza incomparable! Es… hipnótico… ¡Graba… grábalo todo! ―gritó O´Brien, entusiasmado por lo que estaba contemplando.

Era la tercera vez que el profesor visitaba la zona, aunque la primera que compartía su descubrimiento con alguien. Su alumno no entendía por qué lo había escogido precisamente a él; puesto que no era ni el más inteligente, ni el más aplicado del grupo de los aventajados. Lo que sí podíamos decir de Sam es que era el más intuitivo, generoso y empático; pero no estaba preparado para ser el responsable de detallar el descubrimiento de su mentor, ni de lo que estaba a punto de suceder.

Con paciencia infinita, Sam prestó toda su atención a lo que el profesor le pedía ya que deseaba ver lo que le estaba describiendo con tanta elocuencia y entusiasmo, pero seguía sin tener éxito.

―Profesor, yo solo veo… agua… ―comentó, mirando de manera intermitente a través del visor de la cámara y de sus propios ojos. No encontraba ninguna diferencia―. Sí, lo reconozco, es una cascada preciosa… así como la pequeña laguna, pero no veo nada fuera de lo común.

Óscar ni siquiera lo oyó. Con prisa, se quitó los zapatos seguido de toda su ropa. Sam agradeció enormemente que se dejara la ropa interior.

―Solo los ciegos de corazón no ven, Sam. Entra en el agua, ella te espera… ―dijo de manera elocuente O’Brien, mientras se sumergía con agilidad pese a su edad.

―Pero… ¿qué? ―respondió su alumno, mientras veía cómo aquel anciano nadaba como si no hubiera dedicado toda su vida a hacer otra cosa distinta que no fuese estar en el agua.

Sam colocó el trípode de la cámara en el suelo y apoyó varias piedras para que no se moviera. Tras esto, se aseguró de que el visor enfocara tanto a la cascada como a la laguna. Acto seguido, se desvistió para entrar en el agua y seguir a su mentor hasta el fondo, donde este reposaba apoyado en las rocas mientras el agua le caía desde la cabeza a los pies. Su alumno lo miró pensando que, con toda seguridad, había terminado de perder el juicio.

«Ella me espera», repitió Sam para sí mismo. «¿Qué habrá querido decir con esas palabras? Sin duda, el viejo está perdiendo la poca cordura que le queda».

Y, sin más, se zambulló en el agua.

De la nada, sintió como miles de agujas le atravesaban la piel, como si aquel agua fuera una conexión directa con alguna fuente de energía desconocida.

Una descarga eléctrica lo dejó sin respiración. Abrió los ojos y gritó bajo el agua por el impacto recibido. Asombrado, vio cómo de sus labios una onda expansiva se propagaba sin esfuerzo, igual que la que se forma cuando una piedra es arrojada a un estanque; pero lo mejor estaba por llegar. La onda volvió hacia él como un bumerán y activó cada célula de su ser con una información que lo dejó entumecido durante unos segundos.

Todas las criaturas acuáticas, que formaban parte del ecosistema, se le acercaron y lo miraron con expectación. Peces de una belleza increíble, que no reconocía, estaban a pocos centímetros de él esperando, observándolo con curiosidad.

Iba a decir algo cuando una segunda descarga lo dejó totalmente paralizado y distintas voces, que jamás hubiera soñado poder oír, llegaron a sus oídos.

Un pez, cuyas impresionantes escamas cambiaban de color a placer, se le acercó despacio. Lo miró con solemnidad y dijo:

―Ella te ha elegido. Sé digno… y sálvanos a todos.

Y no pudo oír nada más porque una tercera descarga impactó con tanta fuerza en todo su cuerpo que le obligó a cerrar los ojos con fuerza y a doblarse por el dolor infringido. Ni siquiera pudo asimilar que un pez acababa de hablarle porque, cuando la sensación de quemazón disminuyó, algo hizo que abriera los ojos de golpe… una voz.

―Saaaaaaaammmmm…

Miró alrededor buscando con desesperación a la mujer que emitía ese sonido celestial que parecía la melodía de la creación, pero no distinguió nada.

―Saaaaaaaammmmm…

Volvió a oír con mayor nitidez. Tragó saliva y, en ese preciso instante, fue consciente de que estaba respirando bajo el agua. Una sombra desdibujada se acercó despacio y, cuando estuvo a su altura, se convirtió en una mujer de indescriptible belleza. Sus ojos cambiaban de color según el reflejo de la luz, y su larga melena de color negro flotaba a su alrededor como si fuera seda.

―Saaammm… Al fin… nos conocemos… ―dijo ella con musicalidad.

Él entró en pánico e intentó subir a la superficie, pero parecía que algo lo retuviera bajo el agua.

―¡Nooooo! ―vocalizó muy asustado―. Pero ¿cómo? ―preguntó con una mezcla de miedo y curiosidad.

―Porque yo te lo he permitido… Saamm ―aclaró ella.

―Puedo respirar y hablar debajo del agua… ¿Cómo es posible? ¿Estoy soñando? Acaso… ¿estoy muerto? ¿Me he ahogado en la laguna?

―Nooo, querido Saamm. Estás vivo. He conectado contigo a través del agua… y te he concedido la capacidad de verme y oírme ―respondió la mujer desconocida.

―¿Por qué? ¿Quién eres?

―Mi nombre es Uisge… en vuestro idioma sería… Agua, y soy el origen de la vida. Mis hijos recorren la tierra y procuran que su sed se calme. Todos los seres vivos dependen de mí, pero mi existencia se está viendo amenazada por vuestra inconsciencia.

―¿Nuestra inconsciencia? No te entiendo.

―Cambiáis mi rumbo, envenenáis mi camino, ensuciáis todo lo que tocáis sin pensar en las consecuencias de vuestros actos para el futuro de todas las almas que habitan la Tierra. Sois avariciosos, irresponsables y egoístas.

―Lo sé. No lo estamos haciendo nada bien ―dijo Sam, avergonzado.

―El primer paso es reconocerlo; el segundo, actuar.

―¿Y qué puedo hacer yo… si no soy nadie?

―Te equivocas. Ahora formas parte de mí y llevarás un mensaje que todos entenderán. Si no cambian su manera de actuar, paralizaré mi camino. Todos mis hijos cambiarán de rumbo y me llevaré conmigo a los seres vivos que habitan bajo mi protección. No podréis encontrarlos. El mar será innavegable. No podréis regar vuestras cosechas, ni dar de beber a vuestros animales ni a vuestros hijos. Las reservas se quedarán vacías y no hallaréis el medio de remplazarlas.

Sam se quedó estupefacto. Ella se acercó y le tocó con su mano derecha a la altura del corazón.

Una marea de conocimiento lo barrió por completo. Inspiró y respiró boquiabierto porque ella le había enseñado el camino y él, en ese momento, comprendió lo que debía hacer.

Uisge sonrió levemente y asintió dando por terminada la conversación tras decirle:

―Regresa, Saamm. Sálvame para que pueda salvaros a todos.

Comenzó a desvanecerse proporcionando una luz y un calor tan dulces que reconfortaron el alma de Sam.

Este salió a la superficie y miró a su alrededor. El profesor descansaba sentado en la pequeña orilla leyendo un libro.

―¿Sam? ¿Has acabado? ―preguntó O’Brien, cerrando la lectura.

―Profesor, no va a creer lo que me ha pasado…

―Ahórrate la explicación y vamos a cambiar el mundo.

Sed felices y os espero la semana que viene.


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Reseña a “La cueva de Mari” de Búho

Sinopsis

«Una novela repleta de leyendas y mitología vasca»
A Iker Ibarguren parece perseguirle la mala suerte. El “asesino de la flor”, es el autor del único expediente que ha dejado abierto y sin poder resolver en toda su carrera.
Llevado por su celo profesional, pierde los papeles en un interrogatorio; lo que se traduce en una suspensión de empleo y sueldo durante seis meses.
Cuando Iker se traslada a Getxo, los crímenes reaparecen de nuevo.
La pesadilla parece continuar y, esta vez, se sentirá acorralado y sin escapatoria.

Resumen y opinión personal

Iker Ibarguren es un suboficial de policía que, suspendido de empleo y sueldo al cometer una infracción, ha tenido que vender su céntrico piso en Donosti para mudarse a un hangar heredado de los padres de su mujer, Maitane.
Mientras Iker está desesperado por recuperar su empleo, Maitane sigue manteniendo su trabajo en el hospital universitario de Cruces.
Una mañana, tras llevar varios días con insomnio, está esperando a que su mujer vuelva del turno de noche cuando recibe la llamada del suboficial Gonzalo Etxanix.
Este le da la noticia de que han encontrado en el bosque el cadáver de una adolescente. El cuerpo ha aparecido en las mismas circunstancias que otra chica de un caso anterior que llevaba Iker antes de ser suspendido y del que nunca encontraron al culpable.
Etxanix pide su ayuda y él, sin pensárselo dos veces, acude a la escena del crimen sin aclararle que está suspendido y que no debería involucrarse.
Iker no puede creer que la manera en la que han encontrado el cadáver sea la misma que su anterior caso. Las similitudes son concluyentes, es el mismo asesino.

Cueva de Amboto

Haizea López, bajo el seudónimo “Búho”, es una autora getxotarra que lleva más de doce años escribiendo historias y tiene más de cincuenta novelas publicadas.
He de decir que no suelo leer libros sobre asesinatos porque no es mi género preferido. La única razón es que empatizo demasiado con las víctimas y la frustración de los investigadores que trabajan sin descanso por encontrar al culpable. Me alegra poder contaros que esta novela me ha sorprendido para bien.
“La cueva de Mari” es un libro autoconclusivo con una lectura fluida y sencilla. Desde la primera página puedes sentir la frustración del personaje de Iker y su necesidad de volver a una vida que parece que va a tardar en recuperar por haber incumplido su deber como policía, extralimitarse con un sospechoso.
Te voy a mantener en vilo pensando qué pasará porque merece la pena sufrir con Iker el proceso de buscar al asesino de esas adolescentes. Contarte la historia en su totalidad es algo que no voy a hacer, prefiero que la descubras tú mismo como yo lo he hecho.
Me ha encantado recorrer con la autora la zona que describe en el libro así como descubrir la leyenda de Mari. Una divinidad de la mitología vasca precristiana, de carácter femenino, que habita en todas las cumbres de las montañas de la zona. Recibe un nombre por cada montaña, siendo la más importante de sus moradas la cueva de la cara este del Amboto, a la que se conoce como la «Cueva de Mari».
No había oído hablar de esta leyenda y me ha sorprendido gratamente que se haya contado en este libro. Me parece muy importante que no se pierda este legado cultural. En España tenemos cientos y cientos de leyendas y ha sido muy interesante conocer una nueva.
Os animo a comprar el libro y a descubrir todos los secretos que oculta la historia.

Sed felices y os espero la semana que viene.


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A mi madre

Mi madre, Josefa Fuentes, fue una mujer maravillosa. Nació en 1941 y hoy, 31 de mayo, sería su cumpleaños. Hoy hubiera cumplido ochenta años.

No quiero escribir este artículo con tristeza, aunque la eche de menos todos los días desde que se fue. No, este artículo es para recordarla como lo que era: una mujer excepcional que puso demasiadas veces, por no decir todas, las necesidades de los demás muy por encima de las suyas.

Su amor por su familia, dedicación y fuerza de espíritu eran lo que mejor la definían, pero no lo único.

En cierto modo todos somos un reflejo de nuestros padres; a veces más, a veces menos. Yo tengo la gran suerte de poseer al menos uno de sus muchos rasgos excepcionales, el tesón para conseguir lo que quiero respetando a las personas que están a mi lado.

De su capacidad para poder hacer mil cosas a la vez he heredado algo. Aunque reconozco que no sé cómo podía cocinar para siete personas, tener siempre la casa impoluta y, aún así, mantener esa preciosa sonrisa en su cara pese a los múltiples quebraderos de cabeza que, en muchas ocasiones, éramos mis dos hermanas y yo para ella.

Mi madre me enseñó a cumplir sueños, a leer historias, a creer que podía hacer lo que quisiera por el simple hecho de que lo merecía.

Hizo algo tremendamente complicado que aún, hoy en día, me admiro al reconocerlo. Nos quiso a todas por igual, consiguió que mis hermanas y yo fuéramos una piña. Jamás sentimos celos ni envidia las unas por las otras. Todas éramos sus “preferidas”, y siempre consiguió de nosotras una sonrisa, un beso y un abrazo. A todas nos quería por igual y fomentó en nosotras que consiguiéramos nuestros sueños.

Desearía que hoy estuviera aquí viendo cómo estoy cerca de lograr el mío. Publicar mi primer libro.

Me encantaría que hubiera disfrutado de cada frase que he escrito, que hubiera podido compartir conmigo las vicisitudes de mis personajes y, seguramente, discutido por cambiar alguna escena o incluso algún diálogo. Pero sé que estaba allí, acompañándome cada minuto frente a mi ordenador, riendo y llorando conmigo en cada página, en cada momento.

Cuando cierro los ojos la veo sentada en su sofá preferido, contando alguna historia pasada y riendo a carcajadas recordando alguna de nuestras travesuras. Sobre todo, sobre mí, un pequeño trasto que de bebé no había botón, garbanzo crudo o cualquier cosa que cayera en mis manos que no fuese directamente a mi boca. Por supuesto, ella como buena madre, se pasaba el día dándome cucharadas de aceite para que saliera todo lo que yo había decido ingerir sin su consentimiento. No puedo dejar de sonreír al recordar su risa contando esos momentos de nuestras vidas.

Mi madre era una persona feliz, con una fe absoluta en Dios y generosa hasta llegar a la exageración. Cosía como los ángeles y podía arreglar cualquier cosa en un tiempo récord. Ni que decir tiene que era una cocinera extraordinaria y que echo de menos todos sus guisos y, sobre todo, su paella y gazpacho. Nadie los sabía hacer como ella.

Doy gracias por haber tenido el privilegio de ser su hija, de haber sentido su amor y su protección. Su pasión y amor por todo ha hecho de mí lo que soy, una escritora romántica enamorada de su marido y de su profesión.

Hoy es tu cumpleaños y sé que estás con nosotras, aunque un poquito más lejos de lo que deseamos las tres.

Sabes que te quiero con toda mi alma y también que algún día volveremos a vernos.

Para ti, mamá.

Te quiero.

Sed felices y os espero la semana que viene.


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